Julio Campo

Las evidencias científicas cada día apoyan de manera más clara que las causas del cambio global en el clima se deben a la actividad humana. Desde la revolución industrial, nuestra demanda de recursos y energía ha venido “fertilizando” la atmósfera con gases como dióxido de carbono, óxido nitroso y metano, con consecuencias en el balance energético del sistema climático de nuestro planeta.

04Figura1            Aunque debemos mencionar que se han dado explicaciones alternativas con respecto al incremento en la temperatura y otros cambios climáticos. Por ejemplo, se les ha relacionado con los ciclos de Milankovicht, que son variaciones en la órbita de la Tierra que afectan la cantidad de radiación recibida con periodicidades de 23,000, 41,000, y 1,000,000 años, y que se correlacionan con los ciclos glaciales e interglaciales. Sin embargo es una hipótesis cada vez menos sustentada que el calentamiento global que registra el planeta desde la revolución industrial sea principalmente consecuencia de éstos fenómenos naturales cíclicos.

            Por ello, en la cumbre del clima realizada en Copenhague en 2009 y después de muchos esfuerzos, se llegó a acuerdos con respecto al compromiso de crear un fondo con inversión de los países económicamente más fuertes, que estaría destinado a la búsqueda de energías alternativas. Sin embargo, debido a la crisis económica global, que amenaza con intensificarse si la Comunidad Europea y Estados Unidos no otorgan lineamientos que la resuelvan en forma pronto, se han dejado en el olvido los compromisos ambientales de la cumbre del 2009. Por un lado, los fondos de inversión en materia de investigación respecto al cambio climático han disminuido. Por otro, la baja eficiencia y dificultades logísticas para poner en marcha nuevas alternativas energéticas -- como lo son los biocombustibles-- han demostrado que aún estamos lejos de conseguir e implementar alternativas reales al uso de los combustibles fósiles y la energía nuclear. Por ejemplo, la producción de etanol de maíz es insuficiente, cara y éticamente cuestionable cuando hay gente que aún se muere de hambre; el uso de la celulosa es costoso debido a su difícil descomposición, desarrollar biocombustibles  de algas es caro y complicado por las dificultades para mantenerlas vivas, y  las incertidumbres de bioseguridad dificultan que se popularice el uso de organismos transgénicos para la producción de biocombustibles, etcétera.

            Una de los principios más sólidos de que dispone la ecología como disciplina científica es la relación entre la distribución global de los grandes biomas y la variación global en el clima del planeta, particularmente en su temperatura media y en la cantidad de lluvia anual. Hace ya más de 30 años, y con base en la información recopilada por el Programa Internacional de Biología (IBP), el investigador alemán Helmut Lieth demostró que la productividad terrestre en cada sitio del planeta puede ser explicada por la temperatura y la precipitación. Por ello, no es de extrañar que tanto la evidencia empírica como los datos generados por modelos asocien el incremento observado en las extinciones de especies con el cambio global y proyecten la intensificación en la tasa de extinción biológica con los cambios en el clima.

Estudiar el cambio

En la búsqueda de posibles escenarios y patrones de pérdida de biodiversidad ante el cambio climático, un enfoque consiste en analizar en el registro fósil y correlacionarlo con cambios en el clima, y de esta manera hacer inferencias al respecto, particularmente estudiando aquellos momentos de la historia del planeta en que han ocurrido cambios acelerados en el clima. El calentamiento global, cuando es rápido --como ocurre actualmente -- implica consecuencias peores para los organismos que si sucede de forma menos acelerada. Un ejemplo de calentamiento rápido fue hace 56 millones de años, fenómeno conocido como04glaciar Máximo Termal Paleoceno-Eoceno (MTPE). La evidencia fósil indica que se extinguieron organismos marinos y que la mayoría de los terrestres se adaptaron y/o migraron. Sin embargo, el calentamiento actual es dos órdenes de magnitud, o sea ¡cien veces o más rápido! El aumento de la temperatura media durante el MTPE fue de 5ºC después de miles de años, esto quiere decir que la temperatura aumentaba a una tasa de 0.025ºC por siglo. En cambio, la tasa de calentamiento actual se estima que alcanzará entre 2 y 4ºC por siglo. Así, con la información con que se cuenta actualmente, se estima que el aumento de las temperaturas podría ser de 10ºC dentro de 200 ó 300 años. Los modelos y la evidencia actual, indican migraciones de numerosas especies a zonas más frías, pérdidas de hábitats, blanqueo de corales e incremento notable en la tasa de extinción.

            También este cambio ha puesto un duro cuestionamiento en nuestros principios bajo los cuales se realizan las prácticas de administración de recursos naturales. Hasta el pasado milenio, la administración de recursos naturales se realizaba bajo el modelo de integridad ecológica, reduciendo la probabilidad de disturbios ecológicos y sus impactos, y poniendo como énfasis el cuidado de la estructura de los ecosistemas (por ejemplo, en la densidad de biomasa de plantas o de alguna población de interés particular) y la composición de especies que forman esos ecosistemas. Sin embargo, es preciso señalar que los disturbios (por ejemplo, incendios, inundaciones, huracanes y brotes de plagas) constituyen un control crítico de la estructura y funcionamiento del ecosistema que se pretende administrar. Por otra parte, la restauración ecológica de áreas degradadas y abandonadas, se realizaba bajo el modelo de sistema de referencia histórico. Bajo esta perspectiva, se tomaba como referencia o sistema deseable un área presente conservada a la que se debería llegar (o parecer) después de la restauración ecológica de un ecosistema.

            Es cuestionable la validez de estas referencias bajo condiciones cambiantes, por la incertidumbre de su viabilidad a futuro. Por ejemplo, realizamos la restauración ecológica de un bosque tropical, que generalmente después de 40 años tendría una estructura (y posiblemente un funcionamiento similar) al sistema de referencia actual. Sin embargo, nuestras predicciones indican que el ambiente habrá cambiado (el clima será más caliente, las sequías más prolongadas, e incluso la deposición de nitrógeno desde la atmósfera mayor, que la de hoy en día). Dada la longevidad de los árboles, quizá los efectos de éstos cambios no sean tan drásticos para los individuos adultos, pero sí sus consecuencias para el establecimiento natural de las nuevas plántulas. Los cambios en el renuevo del bosque, tendrán un efecto claro en el funcionamiento del ecosistema, y por tanto en los beneficios que de él obtenemos (conocidos como servicios ecosistémicos). Las trayectorias de cambio en el clima global, así como la mayor frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos en el clima, exigen un cambio de modelo en nuestras prácticas, orientado a la búsqueda de sistema resilientes, esto es sistemas con una mayor capacidad de confrontar los cambios ambientales.

El futuro ante un mundo cambiante

En un mundo cambiante, y con una población que supera los 7 mil millones de personas, y seguirá creciendo, el foco en la administración de los recursos naturales debe estar en la trayectoria de cambio del ambiente. La prioridad, también cambia, y pasa a ser la sostenibilidad de los sistemas socio-ecológicos y el suministro de servicios ambientales. La sostenibilidad ecológica no puede estar disociada de la sostenibilidad económica ni de la cultural. Así como una política dirigida a promover la sostenibilidad ecológica a expensas de la comunidad residente no puede ser efectivamente implementada, y menos sostenida. También desarrollos económicos que sacrifiquen o no tengan suficiente información para planificar de forma exitosa la sostenibilidad ecológica a largo plazo están destinadas al fracaso.

            La gestión ambiental del futuro debe estar orientada a estabilizar y amplificar las retroalimentaciones, con el fin de poder maximizar la flexibilidad de los sistemas biológicos para adaptarse a las incertidumbres futuras. Estos cambios en la búsqueda de priorizar sistemas resilientes, con la capacidad para recuperarse luego de un disturbio, comienzan a discutirse en las prácticas y políticas de conservación biológica.

            Finalmente, pero quizá de lo más importante, éstos cambios en el clima han incrementado sustancialmente el costo de los alimentos, limitando aún más el acceso a los mismos por una gran parte de la población mundial; actualmente, alrededor de un millón de personas sufren hambre crónica.

04precios-alimentos            La mayor demanda de alimentos, por el incremento de la población actual y del futuro (se estima que hacia el año 2050 la población mundial habrá aumentado entre 2,000 y 3,000 millones de personas), también, han puesto en riesgo la seguridad alimentaria mundial (y amenazan con agravar la falta de la misma en México) y el de su calidad de vida, lo que exige la búsqueda de un plan global que permita duplicar la producción, y a su vez reducir los efectos negativos de la actividad humana en el ambiente. Por ejemplo, se deben de reducir las tasas de deforestación y la degradación de tierras, estrategias que contribuyen a limitar el incremento en la concentración de gases con efecto invernadero en la atmósfera, y con ello a mitigar el cambio en el clima.

            Las soluciones futuras a estos problemas ambientales deberán contemplar acciones como el detener la expansión de la agricultura, mejorando el rendimiento de las cosechas actuales y la eficiencia de los recursos aplicados a los cultivos, como lo son los  fertilizantes y el agua. También va a tener un efecto importante el reducir los desperdicios, ya que grandes pérdidas de alimentos ocurren desde la producción al consumidor, por selección del producto en granjas, por la eliminación en supermercados de productos valiosos nutricionalmente y en buen estado, pero cuyo aspecto ha cambiado (específicamente se ven feos o marchitos), y  el deterioro de alimentos “ocultos” en nuestra despensas y refrigeradores, entre otros.

            En el fondo de todo, está claro que no podemos continuar con el modelo actual de consumo de recursos. Este modelo, no solo pone en cuestionamiento la salud del planeta, sino que incrementa la desigualdad y profundiza las diferencias sociales. Comparto la opinión del economista Joseph Stiglizt, Premio Nobel y antiguo jefe del Banco Mundial, que con ello estamos, además, conduciendo al fracaso de la democracia.

Para saber más

  • Campo J., M.E. Conti (editores). 2009. Emisiones de Gases con Efecto Invernadero en Ecosistemas Iberoamericanos.  Sociedad Iberoamericana de Física y Química Ambiental, Mundiprensa, Salamanca, España. 310 p.
  • Campo J. 2011. Propuestas para la restauración ecológica ante un clima cambiante. En: Vargas Ríos O, Reyes-B SP (editores.). La Restauración Ecológica en la Práctica. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia. Pp: 50-54.
  • Canadell J.G., C. Le Quéré, M.R. Raupach, et al. 2007. Contributions to accelerating atmospheric CO2 growth from economic activity, carbon intensity, and efficiency of natural sinks. Proceedings of the National Academy of Science USA 104: 18866–70.
  • Chapin F.S. III, S.R. Carpenter, G.P. Kofinas, C. Folke, N. Abel, et al. 2009. Ecosystem stewardship: Sustainability strategies for a rapidly changing planet. Trends in Ecology and Evolution 25: 241-49.ranita20