César A. Domínguez

Imaginemos que estamos en el año 49 antes de Cristo, en el río que separaba la provincia de la Galia Cisalpina del resto de Italia, cuando ocurrió uno de los acontecimientos más famosos de la historia del imperio Romano. En un acto de enorme significancia, un ejército al mando de Julio César, cruzó el río Rubicón hacia el sur desafiando así la autoridad del Senado Romano. En ese entonces existía una ley que prohibía que cualquier general romano cruzara el río al frente de un ejército, protegiendo así a la república de cualquier amenaza militar interna. Cuando Julio César cruzó el Rubicón no sólo desafió la ley imperante, sino que provocó un inevitable conflicto armado. La decisión de Julio César no fue un acto de espontaneidad, sino que obedeció a una cadena de acontecimientos que acrecentaron sus diferencias con el Senado Romano, y en particular con Cneo Pompeyo Magno, que finalmente desembocó en su audaz decisión. Cuenta la historia que en el momento de cruzar el río, Julio César pronunció la locución latina Alea Jacta est o “la suerte está echada” haciendo referencia a que una vez dado ese paso no había marcha atrás. Esta famosa frase ha sobrevivido hasta nuestros días y con frecuencia se usa para denotar una situación riesgosa en la que no hay un punto de retorno y cuyos efectos no pueden ser rectificados.

     El escenario que describe la historia anterior es útil para ilustrar, de manera metafórica, la situación que vivimos en la actualidad y reflexionar si como especie, hemos o no cruzado nuestro propio Rubicón. Dado que todo lo que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades y sobrevivir depende, ya sea directa o indirectamente de la naturaleza, la historia de la humanidad se ha caracterizado por extraer cada vez más intensiva y extensivamente los recursos naturales del planeta. Durante el siglo pasado y el presente ha habido un acelerado crecimiento económico y poblacional que requieren de enormes cantidades de recursos. La explotación de estos recursos ha tenido a su vez, enormes consecuencias negativas en el ambiente y en diversos aspectos sociales y económicos de nuestras sociedades. Es decir, el desarrollo se ha conducido como si no hubiera límites a lo que podemos extraer del planeta ni consecuencias por hacerlo. Paradójicamente, el gran deterioro ambiental que este esquema de desarrollo ha producido no ha disminuido la desigualdad social ni mejorado las condiciones de vida de muchos estratos de la población. El panorama se complica aún más cuando consideramos el efecto potencial y sinérgico que tendrá el cambio climático en los ecosistemas naturales y los servicios ambientales que sustentan la vida en el planeta.

     Este tipo de escenarios, que a veces nos parecen apocalípticos, no son el resultado de una reflexión reciente ni de nuevos hallazgos que de pronto nos abrieron los ojos a esta realidad. Como bien lo señala Julia Carabias en su interesante ensayo incluido en esta entrega del Oikos=, la preocupación por este modelo de desarrollo se expresó por primera vez de manera formal en el informe conocido como Nuestro Futuro Común, que fuera elaborado para la Organización de las Naciones Unidas en 1987 (¡hace 26 años!) bajo la coordinación de la Doctora Gro Harlem Brundtland, en ese entonces primera ministro de Noruega. En ese informe, se utilizó por primera vez el concepto de sostenibilidad para definir un modelo de desarrollo “que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras”. Trece años después, el secretario de la Organización de las Naciones Unidas, Kofi Annan, convocó a más de 1,360 expertos de todo el mundo para elaborar el Millennium Ecosystem Assessment (MEA, por sus siglas en Inglés), una iniciativa que buscaba determinar las consecuencias que los cambios en los ecosistemas tendrían para el bienestar humano. Las cuatro conclusiones más importantes de esta evaluación fueron:

  1. En los últimos 50 años, los humanos cambiaron los ecosistemas más rápida- y extensivamente que en cualquier otra época de la historia. Este fenómeno se debe principalmente a la cada vez más intensa demanda de alimentos, agua, madera, fibras y combustibles, que ha resultado en una pérdida sustancial e irreversible de biodiversidad.

  2. Aunque los cambios experimentados por los ecosistemas durante este periodo han contribuido al bienestar humano y al desarrollo económico, también han generado costos crecientes que se expresan en la degradación de muchos servicios ecosistémicos, un incremento en el riesgo de cambios no lineales en la dinámica de los ecosistemas y un acrecentamiento de la pobreza para algunos grupos vulnerables de la población mundial. Si estos problemas no se atienden de manera inmediata, los beneficios que las generaciones futuras obtendrán de los ecosistemas disminuirán sustancialmente.

  3. La información disponible indica que la degradación de los servicios ecosistémicos podría crecer significativamente durante la primera mitad de este siglo y convertirse en un obstáculo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio establecidos por la Organización de las Naciones Unidas.

  4. El MEA propuso algunos escenarios en los que sería posible revertir, de manera parcial, el proceso de degradación de los ecosistemas y al mismo tiempo satisfacer las crecientes demandas por sus servicios. En el informe se establece que existen muchas opciones que permitirían conservar o aumentar algunos servicios ecosistémicos particulares, ya sea reduciendo los efectos negativos entre diferentes servicios, o incrementando las sinergias positivas. La consecución de esta meta, sin embargo, involucrará cambios significativos en las políticas, instituciones y prácticas relacionadas con el manejo de los ecosistemas, que desafortunadamente están lejos de lograrse.

     Han pasado 13 años desde la iniciativa del MEA y los retos que enfrenta la humanidad no han disminuido. La población mundial es de aproximadamente 6,000 millones de personas y se espera que alcance los 9,000 millones para el año 2050. Evidentemente uno de los principales problemas será producir suficiente alimento para satisfacer las demandas de la creciente población. El panorama, sin embargo, no es halagüeño. En este momento el hambre crónica ya afecta a 1,040 millones de personas en el mundo y causa 36 millones de muertes anuales (una muerte por segundo). La situación en nuestro país no es mucho mejor. El Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura reportó que en 2012 México importó 67.9% del arroz que se consumió en el país, 42.8% del trigo, 31.9% del maíz, 8.2% del frijol, 40% de la leche, 53% de la carne de aves, 68% de la carne de res y 78% de la carne de cerdo. Es decir, el modelo vigente de aprovechamiento de los recursos no ha sido capaz de satisfacer las demandas actuales de la población ni ha generado una sociedad más igualitaria. Por otro lado, el esquema actual de desarrollo ha generado un enorme deterioro de los ecosistemas que sustentan la vida en el planeta y aumentado los riesgos de extinción de muchas especies. Por ejemplo, el libro rojo (Red Book) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) consigna que 17,291 especies de plantas y animales están en riesgo de extinción, de las cuales 2,583 se encuentran en México (según la norma 059-SEMARNAT-2010).

     Esta breve descripción da una idea, necesariamente incompleta y fragmentaria, de la crisis que enfrenta nuestro planeta y que tiene el potencial de afectar los aspectos sociales y económicos que determinan el bienestar de grandes grupos de la población. Asimismo, señala la inminencia de tomar acciones que reduzcan sus efectos y reviertan los daños que ya hemos causado a los ecosistemas. Las tareas varían desde la acción individual, pasan por las políticas de países enteros y terminan en acciones multinacionales. Con la creación del Laboratorio Nacional de Ciencias de la Sostenibilidad, el Instituto de Ecología refuerza su compromiso con el manejo sostenible de los recursos naturales de México. Este laboratorio está concebido como un nodo de interacción académica y sectorial que permita vincular la ciencia con la toma de decisiones y el diseño de políticas públicas. A pesar de su breve existencia, en su seno se desarrollan proyectos de gran relevancia para el país como el diagnóstico nacional de invasiones biológicas (plantas), ordenamientos territoriales de importantes regiones de México, o la evaluación del impacto de las pesquerías en especies en alguna categoría de riesgo. En este contexto, los investigadores del Instituto de Ecología han desarrollado una larga lista de estudios relacionados con el uso racional de los recursos naturales del país. Este número del Oikos= es una pequeña muestra de esos esfuerzos.

     La decisión de Julio César de cruzar el Rubicón desembocó en una serie de acontecimientos que culminaron en su (auto) proclamación como dictator perpetuus y eventualmente condujeron a su muerte a manos de los miembros del Senado. En nuestro caso, el del destino de los ecosistemas y el nuestro, espero que aún no hayamos cruzado nuestro propio Rubicón.