José Sarukhán y el desarrollo de la ecología en México. Algunas reflexiones personales

Jorge Soberón

La influencia del Dr. José Sarukhán en el desarrollo de la ciencia ecológica y en la ciencias de México es tan evidente e importante que solamente se justifica elaborar sobre el tema cuando se aportan anécdotas o puntos de vista intencionalmente personales, o cuando se tiende la vista al pasado y se ve el camino recorrido, para caminar mejor el que aún nos falta. Eso intentare hacer aquí: ofrecer un punto de vista personal sobe el pasado y aventurar algunas ideas sobre el futuro.

El pasado ya no tan cercano

En la actualidad el desarrollo de la ecología en México es tal que hay cientos -- si no es que miles - de posgraduados en ecología. Contamos con institutos, centros y departamentos de ecología en todo el país. En Latinoamérica la cantidad de publicaciones en ecología por científicos mexicanos es solamente comparable con la de Brasil, y resulta fácil olvidar un pasado, aún cercano, cuando las cosas eran muy distintas.

     Hace unos 45 años, menos que una generación humana, en México no teníamos profesores formados profesionalmente como ecólogos. Por supuesto que había botánicos y zoólogos con cultura ecológica. Con lecturas e intereses relacionados con lo que se consideraban entonces problemas ecológicos, como sinecología descriptiva, la historia natural de especies de importancia cinegética o médica, y una incipiente ecología de la restauración. Sin embargo, en México se contaban con los dedos de una mano los biólogos que habían recibido una educación formal como investigadores en ecología moderna. Cuando yo entré a la licenciatura de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM, hará cuarenta y dos años, en lo que se refiere a ecología terrestre, Carlos Vázquez Yanes, de entrañable memoria, era probablemente el único "ecólogo" (ecofisiólogo diríamos ahora) que publicaba artículos en revistas que podrían ser consideradas como ecológicas y cuya formación doctoral fue específicamente en esos temas.

     En la década de 1970 se inició una transformación de las ciencias ecológicas en México. Fue determinante para este cambio, el regreso del Dr. José Sarukhán de su doctorado en la universidad de Gales. A partir de ese momento, inició proyectos de investigación, así como procesos de formación de recursos humanos y de desarrollo institucional que a lo largo del tiempo transformaron de manera radical la ecología en el país. Desde una perspectiva estrictamente personal, me gustaría aventurar una opinión sobre lo esencial que fue la presencia, y las cualidades del Dr. Sarukhán para la ecología, sensu lato, en México.

     El Dr. Sarukhán fue el primer ecólogo moderno, en un sentido estricto, que trabajó en el país. Como lo mencioné antes, la etapa de los pioneros está poblada por extraordinarios botánicos y zoólogos, con un gran conocimiento de la historia natural de México (algunos de ellos fueron los profesores de Sarukhán). Pero cuando él regresó de Gales, trajo consigo tres elementos que constituyen la diferencia entre historia natural y ecología, a saber: un pensamiento teórico riguroso, incluyendo modelación matemática, un énfasis sobre la obtención de datos cuantitativos analizables estadísticamente, y la idea de experimentar en el campo.

     Si bien nunca fui su alumno, en el sentido en que lo fueron muchos que realizaron tesis de licenciatura o de posgrado con él, sí tomé sus clases y andaba siempre medio pegado a su grupo. Puedo así afirmar que toda la atmósfera académica de aquel fantástico grupo de estudiantes y técnicos formándose con el Dr. Sarukhán era ya completamente moderna. Indistinguible, como pude darme cuenta después, de la de grupos similares en el Reino Unido o en los Estados Unidos. La forma de hacer ecología al estilo de los países científicamente avanzados la introdujo a México José Sarukhán.

03CongresoBotánicaEl equipo del laboratorio de Ecología durante el VII Congreso de Botánica en Morelia. Foto cortesía de A. Martínez Yrízar.   Lo anterior bastaría para haberle ganado a Sarukhán un puesto en la historia del desarrollo de las ciencias biológicas en México. Sin embargo, las cosas no se quedan ahí. La visión del mundo de José Sarukhán siempre ha sido de gran envergadura. Cuando los jóvenes que él estimuló para que fueran a estudiar doctorados empezamos a regresar a México, tuvimos una primera reunión, allá por el año de 1982. En esta reunión, una de muchas, El Dr. Sarukhán delineó la imagen de un futuro posible para la ecología en el Instituto de Biología de la UNAM y luego la hizo crecer a México, y más tarde al mundo, porque jamás se ha quedado corto en términos de perspectivas. En primer lugar, se esperaba de los recién llegados que mantuviéramos primero, e hiciéramos crecer después, nuestra actividad académica, cuyo producto final era la publicación en las mejores revistas posibles. Investigar, enseñar y publicar internacionalmente. En segundo lugar, se buscaba que se fortaleciera y se mejorara el funcionamiento de las estaciones de campo, para permitir realizar las investigaciones de largo plazo y avanzadas que ya se estaban planeando. En tercer lugar Sarukhán visualizaba ya el crecimiento y fortalecimiento del grupo, para convertirlo primero en departamento, luego en centro y finalmente en instituto. Todo lo anterior iba a estar apoyado por la creación de un programa de formación de doctores en ecología que debería tener el más alto nivel posible (léase: internacional).

     A principios de los años 80, gozando de la hospitalidad de él y de su esposa, Sarukhán nos presentó a Daniel Piñero, a Rodolfo Dirzo y a mí, su visión del futuro de la investigación, enseñanza e institucionalización de la ecología en nuestro país. Acto seguido, asignó responsabilidades: Rodolfo, estaciones de campo, Daniel, Centro de Ecología y Jorge, posgrado.

     Salimos de su casa con tareas bien definidas: investigar, enseñar, publicar y organizar estaciones, institutos y posgrados... Visto en retrospectiva suena ambicioso. En ese momento, conjeturo que a todos nos parecía que simplemente era lo que había que hacer. La autoridad, visión y energía del Dr. Sarukhán no permitía dudar: transmitía una seguridad inmensa, porque de alguna forma nos hacía compartir con él esa imagen del futuro de la ciencia ecológica en México, no había duda de que debía ser de calidad internacional, útil para los mexicanos, que debía influir en la toma de decisiones en el gobierno y ser apoyada económicamente. No quedaba más que echar para adelante y construirla.

     El liderazgo del Dr. Sarukhán se manifiesta por una parte en su capacidad para imaginar futuros de gran envergadura y posibles, pero también en la capacidad para obtener recursos económicos (hay una tercera característica de la que hablaré más adelante). Sus ideas generalmente vienen seguidas de los correspondientes recursos económicos, por lo que si no se llevaran a la práctica sería simplemente por cortedad en los esfuerzos humanos. El primer apoyo significativo que se consiguió para el Doctorado en Ecología fue de millones de pesos en una época en que esas cantidades eran casi inimaginables, por lo menos para mí. Adquirimos miles de libros, se equiparon laboratorios, se obtuvieron recursos para equipo de campo, vehículos, etc. El doctorado inicio así con el pie derecho. En varias ocasiones he visto al Dr. Sarukhán obtener recursos en cantidades muy significativas, sea del CONACyT, de diversos fondos gubernamentales, o de fundaciones o donantes privados. Esto sin duda transformó mi perspectiva de cómo se hacen las cosas, porque personalmente siempre he tendido a trabajar con muy pocos recursos.

     Al inicio de la década de 1990 la UNAM ya contaba con un Centro de Ecología, con un Doctorado de Ecología, y con una creciente de planta de recursos humanos formados en la visión moderna y pujante característica del grupo de José Sarukhán. Tal vez era momento de ampliar aún más las metas. Eran los tiempos vertiginosos de las negociaciones multilaterales sobre el medio ambiente, y especialmente sobre "biodiversidad". De la Cumbre de Río salieron acuerdos internacionales, se habían publicado libros con el tema de la biodiversidad, y el novedoso contrato InBio-Merck hizo famoso al Instituto de Biodiversidad Costarricense. Rodolfo Dirzo, Daniel Piñero y el Dr. Sarukhán se habían estado reuniendo para proponerle al presidente de México organizar una reunión internacional sobre la riqueza biológica de México, y la necesidad de manejarla de manera racional. A raíz de esta reunión, en 1992 se propuso al gobierno federal la creación de una entidad gubernamental cuyo propósito era inventariar la biodiversidad de México para su conservación y uso inteligente, y cuyos detalles fueron concebidos y elaborados por Sarukhán, Dirzo y Piñero. Se trataba de realizar nada más y nada menos que un inventario de la biodiversidad del cuarto país más rico biológicamente del mundo, y hacerlo de modo que fuera útil a gobierno y ciudadanos.

     Sarukhán consiguió el compromiso del Presidente Salinas y anunció, en una reunión a la que invitó a académicos y a las principales organizaciones no gubernamentales, la creación de una Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). No es indiscreto comentar, casi un cuarto de siglo después, que el anuncio fue recibido con un profundo escepticismo: en México nadie cree en iniciativas gubernamentales, y menos en Comisiones Nacionales, ya que hemos presenciado el fracaso estrepitoso de muchas de ellas y la agonía prolongada de varias otras. Entre los escépticos me encontraba yo, que en aquella época despreciaba olímpicamente cualquier actividad que no estuviera basada en la UNAM y descreía de toda iniciativa gubernamental. Poco sospechaba que el Dr. Sarukhán pensaba encargarme a mí la ejecución de este proyecto.


     Así lo hizo, y esto me da la oportunidad para comentar un tercer aspecto de la calidad de José Sarukhán como líder, que consiste en su capacidad para permitir y estimular la independencia de sus colaboradores, al tiempo que nos apoyaba y protegía de amenazas desproporcionadas a nuestras capacidades. A lo largo de los trece años que serví como secretario ejecutivo de CONABIO, aprecié y me beneficié de esta privilegiada situación: contar con un jefe con una gran visión y experiencia, capaz de ejercer un poder real cuando hacía falta, y al mismo tiempo respetuoso y preparado para apreciar las opiniones e incluso los desacuerdos de sus colaboradores, y para permitirnos explorar nuestras propias ideas y caminos. Sobra subrayar lo rara que es esta combinación de cualidades en nuestro país, con su milenaria tradición de reyes, tlatoanis y caudillos que tratan a sus colaboradores como si fueran súbditos.

El presente

03Figure1Artículos publicados por investigadores que ponen México como su país. Los datos son el resultado de una búsqueda de artículos en revistas internacionales en los temas “biodiversity” y “ecology” del Web of Science.La ciencia ecológica en México es otra de lo que fue en la década de los setentas. Pese a los múltiples problemas que aquejan a nuestro país, hemos pasado de contar con unos cinco ecólogos formalmente preparados a nivel doctoral, en los setentas, a probablemente entre 600 y 800. La Sociedad Científica Mexicana de Ecología se fundó en 2005 con 196 miembros y cuenta hoy con alrededor de mil. Hay ecólogos que han sido secretarias de estado, subsecretarios y directores de organismos federales desconcentrados. Pero la moneda tiene otra cara: en el país persiste un contexto de deterioro ambiental, con tasas de deforestación cercanas al 1% anual, y tasas de degradación casi imposibles de medir, pero documentadas anecdóticamente como prevalentes en mucho del territorio. Incluso en términos de las tan llevadas y traídas publicaciones internacionales, el estallido numérico que se tuvo las dos décadas pasadas parece haberse estabilizado, como se muestra en esta figura con datos del Web of Science donde realicé una búsqueda de artículos en revistas internacionales en los temas "biodiversity" y "ecology" publicados por investigadores que ponen a México como su país. Incluso usando estos dos temas como un mero índice que subestima probablemente el total de artículos publicados, pareciera evidente que se ha alcanzado un estado estacionario.

     ¿Para qué sirve entonces haber "aprendido a investigar", para citar a Marcelino Cereijido, si el deterioro ambiental y la insustentabilidad prevalecen, muchas decisiones cruciales se toman ignorando olímpicamente los consejos de los científicos y pareciera que la productividad científica se ha estancado, y la miseria sigue siendo una lacerante realidad en el campo de México?

El futuro...

Tanto la conservación, como el aprovechamiento sustentable o el deterioro del capital natural de México dependen de una maraña de factores históricos, sociales, económicos, políticos, institucionales y hasta geográficos casi imposibles de desentrañar. A despecho de lo anterior, en el corto espacio que me queda me atreveré a proponer algunas ideas un poco especulativas sobre el futuro de la ecología en México.

     Creo que el Dr. José Sarukhán tenía un modelo para el desarrollo de la ciencia ecológica en México, con tres ejes principales: 1) ciencia de la mejor calidad posible, 2) formación de instituciones y de recursos humanos y 3) inserción en la toma de decisiones a todos los niveles, desde el federal hasta el de comunidades y pequeñas empresas agropecuarias y forestales. Me atrevo a afirmar, con los pocos datos y anécdotas presentados antes, que la estrategia fue exitosa en el sentido de haber contribuido de manera clarísima a crear una base sólida – aunque todavía insuficiente – de capital humano, en términos de instituciones e investigadores, y una tradición de interlocución entre los investigadores y el nivel federal del gobierno.

     ¿Sigue siendo válido este modelo? ¿En qué se quedó corto y qué habría que modificar? Creo que se ha quedado corto en que los funcionarios en el gobierno federal son sólo uno de los grupos de "tomadores de decisiones", para usar un término de moda. Pero tomadores de decisiones somos todos los ciudadanos. Individualmente algunos son más influyentes que otros, sin duda, pero el peso de las decisiones colectivas de sectores organizados de la ciudadanía también puede ser muy notable.

     Quizá los ecólogos de México aún debemos de trabajar más en incidir en sectores más difusos de la ciudadanía. Esto es, ampliar significativamente el abanico de los interlocutores. Es la ciudadanía la que debe estar bien informada para exigir cosas que tengan sentido, para detectar acciones de programas destinados a fallar, y para denunciar de manera informada y razonable. En dos palabras: la ciudadanía debe estar mejor educada y tener acceso a mejores datos. Instituciones como CONABIO le han apostado a difundir información, lo cual es correcto. Pero aún falta mucho por hacer para contar con una ciudadanía educada científicamente. Creo que la manera ideal de lograr esto es mediante los esquemas llamados de "ciencia ciudadana", como la astronomía amateur, la observación de aves, de insectos, de tiempos de floración, de especies invasoras, y en general de la poca o mucha naturaleza a nuestro alrededor. Los niños, jóvenes y adultos que se involucran en estos proyectos adquieren una aguda consciencia de los deterioros, pueden participar de manera directa y positiva en su solución, y pueden establecer relaciones de colaboración con los profesionales para consolidarse en estas actividades y cada vez más para contribuir a ellas. Hay una diferencia importante entre ser "informado" pasivamente por un profesional, y contribuir directamente con la actividad propia a resolver un problema. Este sería el primer punto.

     En segundo lugar, pareciera que el modelo de formación de personal de los últimos 30 años se ha quedado corto en su capacidad de incidir sobre el desarrollo nacional, sobre todo en el campo. Hay propuestas de modelos alternativos, que enfocarían los esfuerzos a una hipotética "ciencia de utilidad pública". Esta es la idea, muy extendida, de que en un país con los problemas de México, los investigadores debemos enfocarnos, de algún modo, en hacer ciencia dirigida a los problemas nacionales. Esta idea presupone que (i) existe un consenso sobre lo que son los "problemas nacionales", (ii) que es posible "dirigir" la ciencia en sistemas sociales democráticos y (iii) que los científicos son capaces de "resolver" problemas sociales y económicos que en su esencia tienen raíces históricas y políticas. Mi opinión es que este modelo pone el carro enfrente de los caballos. El vistazo que hice al pasado al escribir este artículo, me sugiere por el contrario, que lo que hace falta es que las personas, organizaciones e instituciones con un verdadero compromiso y actividad en la solución de problemas sociales –generalmente locales– cuenten con la posibilidad de asesorarse y ayudarse con "ciencia" (datos, información y métodos) de la mejor calidad posible, lo cual presupone la existencia de instituciones e individuos con esa capacidad. Para decirlo esquemática y caricaturizadamente, es la sociedad, apoyada por la ciencia, la que va a cambiar al país, y no la ciencia lidereando a la sociedad. El segundo modelo no es inexistente, sin duda, pero es el primero el que verdaderamente va a transformar a México. En cualquier caso, la premisa es la capacidad intelectual y tecnológica. Los científicos pueden apoyar o pueden a veces conducir, pero no si son pobres científicos. Este es un sine qua non. En este sentido el Dr. Sarukhán acertó de manera clara. Si se hiciera una lista de casos exitosos en los que ecólogos mexicanos han contribuido a resolver problemas de sectores específicos de la sociedad, se vería como una constante la capacidad metodológica, conceptual y técnica que se ha desarrollado en los últimos cuarenta años en los institutos y centros de investigación de México: ECOSUR, INECOL, Instituto de Ecología- UNAM, Cinvestav, CONABIO, CICIMAR.

     Finalmente, ¿qué pasa con la ciencia básica que parece haber dejado de crecer, si se considera como indicador el numero de artículos publicados? Hay que investigar el fenómeno, pero pudiera ser que simplemente el tamaño del sistema de investigación en ecología se haya estabilizado. En otras palabras, tal vez más y más doctores recién formados se dediquen a labores "no académicas", esto es, no a dar clases y publicar artículos científicos, sino a dar asesorías, a trabajar en las dependencias gubernamentales y en los sectores social y privado. Esto por décadas se habría considerado un desastre. Yo no estoy tan seguro que lo sea. Por una parte, en todo el mundo se considera que hay una sobrepoblación de personas con el grado de doctor (para saber más, ver la referencia sugerida al final del texto) y ¿pretensiones? académicas. Por otra parte, el entrenamiento en rigor intelectual y solución de problemas que recibe una persona con doctorado puede ser utilísimo en áreas no académicas. Tal vez en las universidades de México podría dejar de considerarse como el único destino respetable para un doctorado el ser contratado como profesor (en el sentido europeo de la palabra: un profesor es sine qua non un investigador) en la misma u otra universidad (o sea, la duplicación y crecimiento infinito del aparato académico), y que cada vez más y más sea apreciada la formación de personal altísimamente capacitado para resolver problemas nuevos fuera de la universidad, en múltiples sectores productivos.

     Creo que muchos individuos e instituciones científicas de México están optando por seguir por este camino, menos convencional y de mucho menos seguridad laboral, pero de gran trascendencia nacional.

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