Abril Cid Salinas

La palabra vulnerabilidad domina la discusión sobre el cambio climático. Sin embargo, la diversidad de definiciones de vulnerabilidad se traduce en visiones contrastantes, que van desde discursos apocalípticos ―en las que cualquier acción se percibe como inútil― hasta argumentos tecnócratas ―en los que el avance tecnológico se percibe como suficiente para reducirla o eliminarla. No obstante, la diversidad de visiones sobre la vulnerabilidad no debe ser un obstáculo para analizarla y abordarla.

     La vulnerabilidad al cambio climático varía dependiendo la región y, generalmente, los países en vías de desarrollo son más vulnerables. De acuerdo con la Office for Disaster Risk Reductionffice for Disaster Risk Reduction de la ONU, los costos de los desastres naturales son cinco veces mayores en estos últimos que en los países desarrollados. Esto ocurre porque varias de las perturbaciones y tensiones crónicas ―como las amenazas climáticas y la pobreza― suceden en un contexto en donde las capacidades de manejo de riesgos y de adaptación son insuficientes. Por ello, los países con menos elementos para enfrentar las consecuencias del cambio climático son los que van a afrontar mayores costos.

     En el caso de México, la vulnerabilidad se ha abordado más desde un enfoque de respuesta que desde un enfoque preventivo. Por ejemplo, el presupuesto del Fondo para la Prevención de Desastres Naturales (FOPREDEN) representa menos del 3% del presupuesto que recibe el Fondo de Desastres Naturales (FONDEN). En un contexto en el que las perturbaciones y tensiones crónicas van a ser exacerbadas por los efectos del cambio climático, se requiere abordar la vulnerabilidad desde un enfoque integrado ―reactivo y preventivo― y las Ciencias de la Sostenibilidad tienen mucho que aportar al respecto.

¿Pero entonces… qué es la vulnerabilidad?

En México, la vulnerabilidad se define como “los efectos adversos del cambio climático, incluida la variabilidad climática y los fenómenos extremos” conforme a la Ley General de Cambio Climático (LGCC). No obstante, la aplicación práctica de esta definición ha resultado difícil porque existen diversos enfoques y metodologías para analizar la vulnerabilidad. Pese a que el instrumento de política pública fundamental para la atención de la vulnerabilidad es el Atlas Nacional de Vulnerabilidad al Cambio Climático, la atención a riesgos se sustenta en los atlas de riesgos estatales y municipales que, por diseño, no requieren incorporar escenarios de riesgo climático ni criterios de vulnerabilidad (ver Resultados y recomendaciones de la evaluación estratégica del avance subnacional de la Política Nacional de Cambio Climático).

     Para efectos de análisis, la vulnerabilidad se puede definir de dos formas. Por un lado, la vulnerabilidad es el resultado directo de la exposición a una amenaza. Esta definición forma parte de un enfoque de riesgo, consistente con el de la Ley General de Protección Civil (LGPC). Por otro lado, la definición de la vulnerabilidad puede considerar además las características de lugares o poblaciones vulnerables (sensibilidad y capacidad adaptativa) y es consistente con el enfoque de la LGCC. La diferencia entre ambos enfoques se puede resumir en que, bajo el enfoque de riesgo, la atención a la vulnerabilidad se dirige a las fuentes de exposición, como son el oleaje y lluvias intensas asociadas a huracanes, y a la ubicación de poblaciones en zonas de riesgo, como barrancas. Bajo el otro enfoque, la atención a la vulnerabilidad se dirige a las condiciones socioeconómicas y a las tendencias de desarrollo económico que determinan que poblaciones susceptibles se ubiquen en zonas de riesgo. El enfoque de riesgo resulta limitado porque no considera los mecanismos o condiciones socioambientales que empeoran o reducen los impactos del cambio climático, como las tendencias de desarrollo económico que generan condiciones de marginación alrededor de polos turísticos, de acuerdo a Gamez y Angeles en su artículo de 2010. No obstante, el enfoque afín a la LGCC también resulta limitado si no se consideran simultáneamente las fuentes de exposición y las condiciones socioambientales inherentes a las zonas o poblaciones vulnerables. Es más, de acuerdo a la evaluación de la Política Nacional de Cambio Climático, aún es necesario conciliar los enfoques planteados tanto en la LGPC como en la LGCC entorno a un lenguaje común sobre el concepto de vulnerabilidad. En el marco de las Ciencias de la Sostenibilidad, Turner y colaboradores, en su publicación de 2003, sugieren utilizar una visión sistémica para definir la vulnerabilidad. Ello implica que la entidad vulnerable no es un sitio o una población humana, sino que es todo el sistema socio-ecológico. Además, se consideran en conjunto tanto la exposición a amenazas como las mismas características del sistema, tales como el grado de desarrollo humano o la calidad ambiental, pues estas características modifican los efectos de dichas amenazas.

¿Cómo medir esta vulnerabilidad?

Hinkel, en su publicación Indicators of vulnerability and adaptive capacity, explica que, debido a que la vulnerabilidad es una construcción teórica y no es un fenómeno observable, se requiere identificar y cuantificar elementos susceptibles de ser medidos (variables) y que indiquen condiciones de vulnerabilidad. Una forma de evaluar la vulnerabilidad es a través de la construcción de indicadores. Dado que la vulnerabilidad es una condición particular al sitio y al contexto donde surge, el uso de indicadores es particularmente útil debido a que se tienen que utilizar datos de diversa índole, como socioeconómicos y biofísicos, y compararlos en distintas escalas espaciales (comunidad, región, país, etc.) y temporales (meses, años, décadas, etcétera). Por ello, al transformar los indicadores a una misma escala de medida (p.e. de intervalo, ordinal, etc.) al final se pueden comparar entre sí, aunque los datos originales no se pudieran comparar. Además, los indicadores se pueden construir a partir de una sola variable (indicador sencillo) o se pueden formular a partir de múltiples variables que pueden agregarse en índices. Los índices son útiles porque permiten la comparación entre unidades, que pueden representar lugares o poblaciones humanas, y su clasificación en distintas categorías; por ejemplo, alto, moderado y bajo.

¿Qué son los mapas de vulnerabilidad?

En términos prácticos, los mapas de vulnerabilidad permiten generar una representación visual de los indicadores e índices que forman parte del análisis de vulnerabilidad. En Assessing the Vulnerability of Social-Environmental Systems, Eakin y Luers, explican que los mapas de vulnerabilidad son herramientas que permiten identificar áreas vulnerables al cambio climático. En un artículo publicado en 2011, Preston y colaboradores también señalan que son relevantes para orientar al público sobre los riesgos asociados al cambio climático, para traducir e integrar el conocimiento de diversos actores y para servir como referencia en el diseño de medidas de adaptación efectivas.

     Pese a su relevancia como herramientas de soporte de decisiones, existen limitaciones en los métodos y en los datos disponibles para analizar la vulnerabilidad y visualizarla en mapas. La selección de los datos debe considerar tanto los límites espaciales de la zona vulnerable como la extensión de las amenazas que determinan la vulnerabilidad. Existe, sobre todo, una incompatibilidad de las escalas de variables socioeconómicas y biofísicas, lo cual puede introducir sesgos y errores en los procesos de agregación de indicadores e interpretación de mapas de vulnerabilidad. Por ejemplo, los modelos regionales de variabilidad climática y cambio climático, que son los datos disponibles con los que cuentan las autoridades para tomar decisiones, se consideran poco precisos como para utilizarse en la proyección de los efectos del cambio climático a escala local. Pese a que existen iniciativas para generar datos a una escala pertinente para la toma de decisiones, como el Atlas Climático Digital de México, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, aún faltan mayores esfuerzos por desarrollar sistemas de alerta temprana que comuniquen la información de vulnerabilidad de forma efectiva al público. Estos esfuerzos deberían considerar el alcance de su aplicación potencial, dado que casi la mitad de la población mexicana carece de acceso a internet de acuerdo al INEGI, y es probable que parte de ese sector de la población se encuentre en condiciones de marginación, lo que los hace más vulnerables y menos preparados para responder y adaptarse al cambio climático.

La vulnerabilidad de las costas de México

México tiene 11,000 km de litoral costero, por lo que sus costas son particularmente vulnerables a los desastres asociados a perturbaciones que van a ser exacerbadas por el cambio climático. En particular, 152 municipios tienen litoral costero, de los cuales alrededor de una tercera parte se encuentra expuesta al efecto de los ciclones tropicales (ver Atlas Nacional de Riesgos), es vulnerable al cambio climático y carece de capacidades institucionales para responder y adaptarse al cambio climático. Por ello, el análisis de la vulnerabilidad y los mapas de vulnerabilidad son particularmente importantes en las zonas costeras.

Conclusiones

La forma en que definimos a un sitio o población vulnerable determina la ruta de acción para abordar su vulnerabilidad. Por ello la existencia de normatividad en materia de cambio climático es un avance, pero no es suficiente en tanto no exista una articulación de las instituciones e instrumentos pertinentes, como el Atlas de Riesgo y Atlas de Vulnerabilidad. Integrar los enfoques de la LGPC y de la LGCC implica que la atención a la vulnerabilidad no sólo se centre en el manejo del riesgo que supone el cambio climático, sino que además considere los factores sociales y ambientales que agravan el riesgo. Con el propósito de implementar estrategias de adaptación que reduzcan la vulnerabilidad al mismo tiempo que generen las condiciones para un desarrollo sostenible.

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