Malena Oliva

Desde que las áreas naturales protegidas (ANP) se convirtieron en la principal estrategia para la conservación de la biodiversidad, el desafío de conciliar las metas de conservación con el bienestar de la gente que vive en estas áreas ha ido cobrando cada vez más relevancia. Particularmente, porque en las zonas tropicales es muy común que los sitios con altos niveles de biodiversidad y en buen estado de conservación (es decir, sitios ideales para crear ANP) estén habitados por comunidades locales y pueblos indígenas que hacen uso de los recursos naturales de su entorno. En México, 60% de las ANP se encuentra en tierras comunales, muchas de ellas pertenecientes a poblaciones indígenas.

Carbon01Figura 1.     Entre los diferentes tipos de ANP (ver CAS: la trenza de la conservación, reservas y el impacto de la obra del Dr. José Sarukhán en Oikos= 14), hay uno en particular que busca integrar la conservación y el bienestar de la gente: las reservas de la biósfera. Estas reservas buscan conservar los ecosistemas, pero de tal forma que, al mismo tiempo, se promueva el bienestar de la gente local —aquellos que viven dentro o cerca de estas áreas protegidas. Esto hace que las reservas de la biósfera sean esquemas singulares de conservación, ya que, por definición, sientan las bases para alcanzar el idilio, aparentemente imposible, de la conservación y el bienestar social.

     En la Península de Yucatán, el aprovechamiento de las selvas por parte de las poblaciones rurales —principalmente mayas— es moneda corriente. Esta región alberga cinco reservas de la biósfera con ecosistemas terrestres, habitadas o rodeadas por comunidades, principalmente mayas, que obtienen de la selva distintos productos. Entre esos productos se encuentran la “carne de monte”, de animales silvestres que cazan para su subsistencia, la madera para leña y construcción de viviendas, el uso de la palma (principalmente palma de guano, Sabal spp.) para los techos de casas y palapas, y los espacios propicios para sembrar milpas, su sistema de cultivo de subsistencia tradicional.

     Además de la leña y madera para construcción, la gran variedad de árboles de las selvas peninsulares también se aprovecha para hacer carbón vegetal. Éste, a diferencia de los otros productos de la selva, no se destina al consumo doméstico, sino a la venta.

     En algunas comunidades del oeste de la Península de Yucatán, cercanas a la Reserva de la Biósfera Los Petenes (RBLP), en Campeche (Figura 1), la producción artesanal de carbón es la principal fuente de ingresos para las familias campesinas, cuyas estrategias de vida están muy diversificadas (una familia puede llegar a realizar hasta ¡nueve! actividades productivas o comerciales distintas).

     Una de las características de la producción artesanal de carbón (Figura 2), que se vuelve relevante en un contexto de conservación, es que se lleva a cabo mediante el tumbado a matarrasa, práctica que contempla la tala total de un área de selva. Esta forma de manejo forestal es común en la región peninsular, donde, por ejemplo, el cultivo de la milpa se realiza bajo un esquema de rotación: el área que se aprovecha un año se deja descansar luego por un periodo de aproximadamente 10 años, en el que la selva se regenera; en un siguiente ciclo, esa selva regenerada será tumbada por completo (a matarrasa) nuevamente, para el cultivo de la milpa. En el caso del carbón, el tumbado a matarrasa se practica en la región desde hace al menos tres generaciones. En la región de los Petenes, una selva aprovechada de esta manera descansa un promedio de 10-15 años. Mientras tanto, se utilizan otros sitios que ya han sido explotados de la misma manera anteriormente, lo que da lugar a un aprovechamiento cíclico de la selva.

Carbon02Figura 2. https://bit.ly/3pyAncO     La cercanía de estas comunidades productoras de carbón con la Reserva de la Biósfera Los Petenes plantea un escenario potencialmente conflictivo, ya que en el futuro podrían enfrentarse los intereses de protección de las selvas, defendidos por las autoridades de la Reserva y otras autoridades ambientales, y los intereses de aprovechamiento forestal de las poblaciones locales. Cuando existe un choque de posiciones y opiniones respecto al uso de un recurso natural en el contexto de una ANP, se habla de conflictos de conservación, tal como los definen Redpath y sus colaboradores en Understanding and managing conservation conflicts. En este tipo de situaciones, la gente interesada en un recurso natural (como las selvas) no suele estar de acuerdo en cómo se debe llevar a cabo el uso o conservación de ese recurso. Muchas veces, el conflicto se da porque una parte siente o percibe que la otra parte satisface sus intereses a expensas de los suyos. El principal desafío al manejar estos conflictos es lograr la conciliación de los intereses de conservación con los medios de vida de las poblaciones que habitan en esas regiones. Este es uno de los objetivos de las reservas de la biósfera.

Producción de carbón en un contexto de conservación

Actualmente, la producción de carbón se lleva a cabo en las tierras ejidales de cada productor. Dado que los ejidos se encuentran fuera de la Reserva de la Biósfera Los Petenes, ésta no tiene injerencia en las actividades que se desarrollan en las parcelas. Sin embargo, la Dirección de la Reserva ha manifestado su preocupación por la elevada intensidad de la actividad que, de acuerdo con su percepción, estaría degradando las selvas en las zonas aledañas a la reserva y generando un impacto ecológico negativo. Si las comunidades carboneras continúan explotando las selvas al ritmo actual, señala la Dirección de la Reserva, lo más probable es que acaben con las selvas de sus terrenos ejidales y entonces les resulte atractivo ingresar a la reserva para explotar los recursos forestales que se encuentran dentro de ella. Ante este escenario, la Dirección de la Reserva de la Biósfera Los Petenes ha identificado el potencial de conflicto, lo cual fue señalado por el director de la Reserva durante una entrevista que se le realizó como parte del trabajo de campo del proyecto de investigación que aborda este artículo.

     Como resultado de reconocer el problema, la misma Reserva está desarrollando alternativas para abordarlo. La principal es la creación de un grupo de trabajo con los diferentes actores involucrados: los encargados de la Reserva, las comunidades carboneras, la sociedad civil organizada, las autoridades ambientales y la academia.

     No obstante, se identifican dos posibles problemas que, de surgir, podrían ser preocupantes. Uno es el hecho de que se asuma, sin evidencia que lo respalde, que la producción de carbón está teniendo un impacto ecológico negativo de manera significativa en las selvas. Esto podría derivar en que la autoridad aplique el principio precautorio: ante la ausencia de información, se limita la actividad que parecería estar generando daño a la selva. Una medida precautoria como ésta tendría, a su vez, un impacto social perjudicial para las comunidades productoras, quienes verían afectada su principal actividad generadora de ingreso y, por tanto, se verían en la necesidad de buscar nuevos medios de vida (por ejemplo, migrar a los Estados Unidos o Canadá en busca de empleo).

     El otro aspecto preocupante es la preponderancia de una noción no integral de la conservación entre las autoridades de la Reserva. Dicha noción se entiende como una visión reducida de lo que implica la conservación, en la que se separa la sociedad de la naturaleza y muchas veces no se toman en cuenta las formas locales de uso de recursos naturales. Esta noción también se observa en ciertas instancias de la normativa forestal; por ejemplo, en los mecanismos para solicitar autorizaciones de aprovechamiento forestal que son sumamente engorrosos y costosos para el contexto campesino local. En relación directa con el caso del carbón vegetal, dicha perspectiva se refleja, principalmente, en la desvalorización de las prácticas locales (como el tumbado a matarrasa) y en la premisa de que no son adecuadas para el manejo de las selvas.

Carbon03Figura 3.     El tema normativo en torno a la producción de carbón es complejo y extenso (recomendamos ver el análisis crítico que hace el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible [CCMSS]). En síntesis, la normativa forestal mexicana 1) ha creado procedimientos engorrosos y difícilmente costeables para que una comunidad rural obtenga las autorizaciones correspondientes para el aprovechamiento forestal y la producción de carbón (Figura 3) y 2) está desvinculada del contexto socio-ecológico peninsular. Esta falta de vinculación se refiere a que la normativa forestal y las autoridades que la aplican no reconocen como válidas o factibles las prácticas locales de producción, ni toman en cuenta que la velocidad de recuperación de las selvas de esta región es más rápida que la de los bosques templados de otras partes del país. Sin embargo, un estudio reciente de Román Dañobeytia y sus colaboradores, publicado en la revista Forests, demuestra que las tasas de regeneración de las selvas peninsulares llegan a ser bastante rápidas (10 años), lo que hace factibles los ciclos de aprovechamiento a matarrasa y de descanso. Autoridades de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales en Campeche confirmaron esta información, lo cual muestra que, aunque las autoridades ambientales que trabajan en la región de los Petenes reconozcan que las prácticas locales de aprovechamiento forestal (como el tumbado a matarrasa) no necesariamente generan un impacto ecológico negativo, ellos deben aplicar el marco normativo vigente, a pesar de su inadecuación al contexto local.

     Estudios anteriores, como el de Betty Faust, publicado en la revista Environmental Science & Policy, y el de Denise Brown, de la revista The Canadian Geographer, retratan la noción maya de uso de la selva, rotativo y con periodos de descanso, que ha contribuido a moldear los ecosistemas de la península a lo largo de cientos de años. Así, se pone sobre la mesa el contraste entre la noción maya de la selva y lo que estos autores denominan la noción occidental de la selva, en la que la conservación se confunde muchas veces con la ausencia de uso. En contraste, argumentan, la selva maya ha sido históricamente utilizada de manera sustentable. Como se mencionó anteriormente, los organismos de regulación ambiental en México suelen aplicar esta perspectiva de la conservación sin aprovechamiento de recursos naturales, a pesar de que la normatividad mexicana permite dicho aprovechamiento en ciertos tipos de ANP (ver CAS: la trenza de la conservación, reservas y el impacto de la obra del Dr. José Sarukhán en Oikos= 12).

Conciliando conservación y bienestar social

Lejos de adherirnos a la idea del “buen salvaje”, que asumiría que las prácticas mayas son inocuas por definición y no generan un impacto ecológico, es importante valorar objetivamente el efecto de esas prácticas, sin descartarlas a priori ni asumir que serán perjudiciales.

     Cuando la aplicación de medidas de conservación implica la restricción de actividades relevantes para el sustento de las familias, cabe preguntarse ¿por qué las comunidades locales deben asumir el costo de la conservación, si se supone que todos nos beneficiamos de ella? ¿Quién define que así sea? ¿Se debe compensar a las comunidades por el costo de oportunidad de no utilizar las selvas (es decir, la posibilidad de generar un ingreso o beneficio que las comunidades pierden por no extraer recursos naturales de la selva)? ¿Ellas quieren ser compensadas? ¿O preferirían seguir utilizando rotativamente sus selvas?

     Esas preguntas deben discutirse no sólo en el ámbito académico, sino también en la arena política. La vorágine propia de la operación de las dependencias públicas y de la sociedad civil organizada parecería no permitirnos el “lujo” de reflexionar sobre estas preguntas de la ética ambiental y de las ciencias de la sostenibilidad. Sin embargo, la necesidad de hacerlo se vuelve insoslayable, dado que, sin abordar esos temas, las acciones de conservación continuarán comprometiendo su propia efectividad y el bienestar de la gente.

     Aunque las reservas de la biósfera ofrecen ventajas para abordar la relación conservación-bienestar, aún se deben superar condicionantes como los que se derivan del marco legal y de una visión limitada de la conservación, desvinculada de los contextos, prácticas e intereses locales. En ese sentido, resulta alentadora la disposición de la Dirección de la Reserva de la Biósfera Los Petenes a establecer el diálogo con los productores locales de carbón en busca del consenso, lo que seguramente derivará en mejores decisiones sobre cómo construir escenarios de conservación dignos para la gente que vive en y de las selvas, que sean compatibles con las ANP aledañas a sus tierras.

     Aunque, en muchos casos, la coexistencia de iniciativas de conservación y de actividades de subsistencia aparece como una meta inalcanzable y enfrenta numerosos obstáculos, existen casos en los que se ha logrado compatibilizar, como en la Reserva de la Biósfera Maya, en Guatemala, o en el ejido 20 de Noviembre, en Calakmul, México. En todo caso, la aparente incompatibilidad surge de los obstáculos institucionales y legales que se enfrentan a la hora de implementar las estrategias de conservación, más que por las estrategias en sí mismas.

     Si esto se supera, es posible conciliar el bienestar humano con la conservación de los recursos naturales, e incluso puede haber una relación sinérgica entre ambos, en la que un ambiente conservado brinda oportunidades de vida a las poblaciones locales, y éstas, al realizar un aprovechamiento sostenible de las selvas u otros recursos naturales, contribuyen a su conservación en el tiempo. Se ha probado que esto es posible, y es una vía factible —si no la única— para transitar hacia un futuro equitativo y sostenible.

Para saber más

  • Büscher, B., R. Fletcher, D. Brockington, C. Sandbrook, W. Adams, L. Campbell, . . . y K. Shanker. 2017. Half-Earth or Whole Earth? Radical Ideas for Conservation, and Their Implications. Oryx 51(3): 407-410. doi.org/10.1017/S0030605316001228
  • Fernández-Vázquez E. y N. Mendoza-Fuente. 2015. Sobrerregulación forestal. Un obstáculo para el desarrollo sustentable de México. Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible.
  • Halffter G. 2011. Reservas de la Biosfera: Problemas y Oportunidades en México. Acta Zoológica Mexicana 27: 177–189.
  • Smardon, R. C. y B. B. Faust. 2006. Introduction: International Policy in the Biosphere Reserves of Mexico’s Yucatan Peninsula. Landscape and Urban Planning 74: 160–192. doi.org/10.1016/j.landurbplan.2004.09.002.