Jorge Soberón

Hay montones de preguntas con respuestas que parecen tan obvias que preguntarlas parece una simpleza, una tontería o, en unos casos, da la impresión de que uno es ideológicamente “impuro”. En mi experiencia, muchas de estas preguntas obvias, cuyas respuestas se dan por sentado, pueden ser interesantes y difíciles si se analizan con cuidado. Algunas se consideran de respuesta obvia debido a prejuicios ideológicos o políticos, o solo porque ya estamos acostumbrados a creer algo. También me parece que para responderlas muchas veces uno tiene que salir de la zona en la que es experto. Arriesgarse, leer lo que piensan los abogados o los filósofos... poner en duda ideas que se dan por sentadas nunca es fácil.  

     En mi caso, cuando trato de responder estas preguntas supuestamente obvias generalmente empiezo tratando de desmenuzarlas. Hago de abogado del diablo y busco argumentos contrarios a lo obvio. Para la mayor parte de mis preguntas obvias aún no tengo respuesta, pero reflexionar sobre estos temas me ha servido mucho; por ejemplo, para desarrollar una mayor capacidad de análisis o para poder apreciar distintos puntos de vista. 

     Utilizo este espacio para divagar un poco sobre algunas de estas preguntas que me han preocupado por años y voy a empezar con la cuestión, de mucha relevancia actual, de si la ciencia la ecología en particular debe enfocarse a la solución de “problemas sociales urgentes” o “áreas prioritarias” (AP). Saqué el término AP de la iniciativa de la propuesta de la nueva ley de ciencias, donde implícitamente la respuesta es que sí, que el aparato científico nacional debe orientarse a priorizar ciertas áreas. Esta iniciativa fue presentada ante el pleno de la Cámara de Diputados.

    Para muchísimas personas, la respuesta evidente, apodíctica, es que obviamente la ciencia  mexicana debe orientarse a las AP. En México, la sociedad mantiene a la ciencia —más propiamente, a los científicos y a sus instituciones, que son los agentes de “la ciencia”— así que algo debería recibir a cambio. Pero como en todas estas preguntas obvias, para esta en realidad hay ciertas complicaciones y ángulos no tan evidentes.

El papel de los científicos y los grandes problemas nacionales 

Primero, uno debe preguntarse si los científicos en general son realmente los encargados de resolver los problemas nacionales, y la respuesta, me parece a mí, es que no es ni remotamente obvio que así sea. En realidad, si pensamos un poco, queda claro que los grandes problemas nacionales tienen fundamentalmente componentes sociales, históricos, políticos o económicos. Contar con información científica confiable, con datos, con instituciones con capacidades analíticas y técnicas puede asistir a los agentes sociales en la solución de dichos problemas, pero no es el aparato científico per se quién los puede resolver. Son muchas las probabilidades de que la vaquita marina se extinga, pero no porque los científicos no hayamos aportado hasta la saciedad datos sobre ella, como estimaciones del tamaño de su población, propuestas para atrapar sus poblaciones y mantenerlas en cautiverio, información sobre su salud genética, etcétera. O sobre Cuatro Ciénegas, un caso en que para los científicos es evidente que es un ecosistema se está secando, no porque no sepamos nada sobre su valor científico; al contrario, tenemos mucha información ya de años. En la década de los setentase deforestó Uxpanapa, en el estado de Veracruz, a pesar de que los científicos advirtieron del desastre ecológico que iba a resultar. Y así puedo citar una larga lista de ejemplos en la historia reciente de México... Lo que permite enfrentar problemas prioritarios exitosamente es una gobernanza –la combinación de leyes, instituciones y procesos sociales– sólida, equilibrada y madura. La existencia de un sistema científico consolidado, junto con la cultura científica asociada, son solamente una parte, aunque esencial, de esta gobernanza.

La definición de problema nacional 

En segundo lugar, está el asunto de quién define cuáles son las AP. Usualmente, las personas o grupos que están en el poder definen a qué le van a asignar recursos en un momento dado, muchas veces sin demasiado foco, y sin consultar. Pero incluso si quien está en el poder decidiera realizar una consulta, ¿nos pondríamos de acuerdo, ya no digamos sobre las prioridades de una lista, sino incluso sobre sus temas? La idea de “problemas” implica una valoración, que siempre es social. Para un biólogo, la desaparición de los bosques mesófilos no sólo es un problema, es un desastre de proporciones históricas, pero para los ganaderos puede ser una oportunidad maravillosa. “El agua” es una AP clásica, pero… ¿qué significa?: ¿sacar más agua? ¿privatizarla? ¿limpiarla? ¿reciclarla? ¿entubarla y moverla a grandes distancias? Otra AP es “la energía”, pero el tema tiene que ver con el ¿petróleo?, ¿el viento?, ¿la solar?, ¿la biomasa? o ¿la hídrica? Cada alternativa tiene pros y contras y opositores y promotores, que son externos a los problemas puramente científicos. La definición de AP depende de axiologías no necesariamente compartidas. Así, la definición misma de AP no es un simple asunto para que unos científicos decidan en abstracto. Esta decisión generalmente acaba por ser tomada por algún sector en el poder y, como muestra la historia, este sector tiende a imponer una ortodoxia. Las sociedades gobernadas por ortodoxias siempre acaban anquilosadas e inflexibles. 

Los grandes problemas y el papel de los científicos 

En tercer lugar, está la pregunta de por qué nos deben interesar solamente los “prioridades nacionales”. ¿Acaso los problemas estatales o municipales no importan? El suponer que solamente la escala nacional importa es algo tremendamente cuestionable. Por ejemplo, considerando sólo prioridades internacionales, las grandes organizaciones no gubernamentales (ONG) ambientales cometieron el mismo error porque decidieron que solamente había que invertir recursos en los hotspotsde biodiversidadde importancia para la biodiversidad a escala global, ignorando las prioridades nacionales. El resultado fue que muchos de esos hotspots nunca pasaron a considerarse prioritarios para países particulares. Me parece que el sistema científico de un país del tamaño y complejidad de México debe poder responder a necesidades de una multiplicidad de actores, privados, públicos y sociales, a escalas locales, municipales, estatales y ciertamente nacionales; pero establecer como privilegiados a una escala o a un sector vuelve a ser un problema de cuál actor o escala pesa más, o cuál tiene más poder. Me parece que es preferible errar por el lado de la flexibilidad y la variedad, que por el lado del centralismo.

     Finalmente, existe una falsa dicotomía en el énfasis que se le da a atacar estas llamadas áreas prioritarias nacionales. En primer lugar, establecerlas sugiere que no se les había tomado en cuenta en el pasado, lo cual bien pudiera ser falso. Y en segundo lugar, si los científicos de un país no enfrentan explícitamente ciertas AP, ¿eso significa que estos científicos son inútiles?, o peor aún, ¿que son unos parásitos de nuestro país y sus recursos? ¡Es asombroso constatar cuanta gente piensa eso! Muchos científicos estudian cosas ininteligibles para el lego, como la ecología de poblaciones de Callophyris xami alimentándose de Echeveria gibbiflora, o que la conjetura que las soluciones de la función Zeta de Riemann tiene parte real = ½, o las redes de control en la embriogénesis de Arabidopsis thaliana. ¿Por eso se concluye entonces que nuestro trabajo es irrelevante socialmente? ¡Pues no! Creo que este es el principal elemento de duda. ¿Para qué le sirve a México tener un aparato científico, aún incipiente sin duda, pero extenso geográfica y disciplinariamente, y relativamente muy barato (menos del 1% del PIB nacional: $15.00 al mes por ciudadano)? La respuesta, desde mi punto de vista, es bastante polifacética y compleja. Que existan individuos dedicados a la ciencia e instituciones científicas significa que se fortalece una cultura racional, secular y nacional. Sin miles de personas que hayan sido capacitadas en ciencia, ¿quien escribiría las columnas de ciencia de los periódicos? Tampoco habría un mastozoólogo serio que refute tarugadas como las declaraciones de un “experto” en el chupacabras. Ni tendríamos expertos que puedan explicar las razones por las cuales la “medicina cuántica” es una charlatanería que sólo engaña a quien la consume, o que refuten el creacionismo, o taxónomos capaces de mandar una opinión a la Cámara de Diputados para explicar la importancia del uso de los nombres científicos y oponerse a la propuesta de ley del Partido Verde que prohíba el uso de los nombres científicos (algo que ocurrió ya en el pasado). También sería imposible que haya quien, después de un terremoto, sea capaz de organizar bases de datos de damnificados. Y son científicos (una botánica y un mastozoólogo) los que representan dignamente a México ante la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres) cuando se necesita de especialistas que entiendan el problema del tráfico de especies para que participen en las distintas conferencias de las partes (COP)… En fin, el trabajo e influencia de nuestros científicos permea miles y miles de actividades diarias sin que la mayoría de la sociedad se dé cuenta.

     Sin los científicos y su labor cotidiana no funcionarían ni las aduanas, ni los sistemas de detección de sismos, ni se atenderían problemas epidemiológicos como la crisis de influenza de 2009; tampoco funcionarían los hospitales públicos, ni los sistemas meteorológicos, ni la petroquímica, ni estaríamos buscando energías alternativas, ni habría quien hiciera una planeación territorial. Instituciones como el INEGI, la CONANPo la CONABIOno existirían, por lo que no sabríamos ni cuantos habitantes tiene México ni nada de nuestro capital natural. Tampoco estaríamos enterados de la reintroducción de lobos, ni de perros de las praderas, ni se estaría buscando la protección de murciélagos polinizadores de agaves, éstos últimos de los mayores generadores de divisas para nuestro país por la venta de mezcales y tequila. Me puedo seguir por páginas enteras con ejemplos. 

     La existencia de un aparato científico —que incluye personas, instituciones, publicaciones, infraestructura, leyes consolidado, activo y eficiente, es un sine qua non de una sociedad moderna. Esto tiene muy poco que ver con la solución de problemas prioritarios y es afectado negativamente por intentos centralizadores. Una ciencia pagada socialmente, y en México la ciencia está pagada casi al 100% por recursos fiscales, debe responder a una gran variedad de necesidades de la sociedad en su conjunto, del sector privado, social y público, y desde los ámbitos más locales hasta las grandes iniciativas internacionales. Me atrevo a sugerir que un país debe apostarle a un aparato científico disperso y diversificado, más que a uno centralizado y focalizado en AP definidas burocráticamente que, además, corren el riesgo de cambiar cada seis años, eliminando la posibilidad de consolidar un aparato científico que tenga el impacto que nuestro país requiere.

     De lo anterior no se desprende de ninguna manera que las instituciones científicas deban ser dispendiosas, caprichosas o estar al servicio de los intereses de un sólo grupo, interno u externo. Pero la propia tradición científica de autoevaluación a múltiples niveles, desde los internos a un instituto, a una universidad, o a un sistema, hasta los internacionales, estimulan (nunca garantizan) una comunidad activa y autocrítica. 

     ¿Falta mucho por hacer? ¡Sin duda alguna!, especialmente en un país como México. Pero espero haber mostrado que la idea de que los científicos solamente se deben concentrar en atacar los grandes problemas nacionales tiene bastantes ángulos y no puede ser respondida afirmativamente sin antes aclarar una variedad de complicaciones. Organizar la ciencia solo en torno a AP corre los riesgos de burocratizarla, de formar grupos de poder, de excluir trabajo novedoso, de ignorar nuevos e inesperados retos, y de ahogar iniciativas locales que no por ser de menor envergadura son menos importantes. Ahora, indudablemente es posible definir prioridades. ¿Cómo orientamos a los agentes de la ciencia a atacar las partes técnicas o propiamente científicas de esas prioridades? Yo tengo una experiencia al respecto en México (aunque he visto otras en el mundo). En 1992 la CONABIO había identificado una cierta Prioridad Nacional: la falta de datos organizados y accesibles sobre la biodiversidad de México, pero no tenía la capacidad de ordenarle a todo México que se pusiera a resolver el problema. ¿Qué se hizo? Sacar convocatorias relativamente acotadas y con recursos moderados dirigidas a esta prioridad, y los científicos decidían libremente si participaban o no (y efectivamente, algunos investigadores importantes decidieron nunca participar). Posteriormente, la propia CONABIO pasó a jugar un papel de “puente” o de “traductora” entre los científicos con sus abstrusos resultados, ya organizados en bases de datos o en sistemas de información geográfica, y los actores públicos, sociales y a veces hasta privados que necesitaban usar esos resultados. 

     Entonces, si me preguntan a mí si los ecólogos de México deben de participar en la solución de AP, mi respuesta es ¡sí, claro! Pero los ecólogos y los científicos en general también deben investigar muchos otros tipos de problemas, y ciertamente no los vamos a “resolver”, pero podemos proporcionar y lo hemos estado haciendo por décadas y décadas valiosas experiencias, métodos, resultados y teorías para que otros actores sociales trabajen con buena información. Cada vez más los actores del sistema científico se autorganizan participan en grupos multidisciplinarios, aprenden a colaborar con actores sociales diversos… esto ya pasa por todo el país, sin necesidad de que una burocracia central lo imponga.

     Lo que hace falta es que nos quiten de encima la carga administrativa agobiante, ¡no que la centralicen! Y finalmente, y especialmente en México, prácticamente todo egresado de una carrera científica desea poder participar en ayudar a su país. Haría falta quitarle estorbos a todo esto, más que querer organizarlo y decidirlo desde el centro. A estas alturas, que ¿no sabemos cómo funcionan las burocracias en México?

Para saber más

  • Eguiarte, L. y J. Soberón. 1989. La ecología de los ecólogos. Información científica y tecnológica 11: 21‐26.
  • Eguiarte L.E. 2005. La ecología de los ecólogos. Gaceta UNAM, No. 3,851, 7 de noviembre del 2005, pág. 13.
  • Feynman, R. 2010. ¿Qué significa todo eso? Reflexiones de un científico-ciudadano. Editorial Critica.
  • Zimanm, J. 2005. La ciencia y la sociedad civil. Revista Ciencias 78: 4-13.