Durante la gran hambruna irlandesa, llamada en inglés Irish potato famine, la población de Irlanda disminuyó de entre 8.2 a 6.6 a millones de personas entre 1845 y 1849. La principal causa de esta catástrofe fue la pérdida de los cultivos de papa en esa isla, debida a una enfermedad llamada técnicamente del tizón tardío (también denominada rancha o mildiú de la papa). Esta enfermedad la provoca un protista (que antes se pensaba era un hongo) denominado Phytophthora infestans; ahora se sabe que es un Oomiceto, un pseudo-hongo. Esta enfermedad se debió a la poca o nula resistencia a patógenos que tenían las papas en Irlanda, debida a su vez, a que las poblaciones de papas locales tenían muy poca variación o diversidad genética debido a que eran descendientes de unos cuantos individuos que habían sido traídos de Perú. Una variedad del tizón que matara a una planta de papas, tenía el potencial de matar a todas, como efectivamente sucedió.

     Evolutivamente, los humanos somos papas irlandesas. Somos una de las especies animales con menor variación genética que se conoce. Esto se debe a los diferentes cuellos de botella (reducciones drásticas en el tamaño de las poblaciones) por los que pasaron las poblaciones de nuestros ancestros. Aunque los humanos creemos que somos muy diferentes unos de otros, en realidad, desde el punto de vista genético somos casi idénticos. Y por otra parte, las densidades poblacionales de nuestras ciudades aumentan constantemente; si a esto le agregamos la cada vez mayor movilidad, con muchísimos viajes diarios tanto locales como a destinos muy remotos, tenemos las condiciones ideales para que surjan nuevas enfermedades contagiosas que tengan el potencial de afectar a los humanos de todo el planeta, incluso aquellos que tienen poco contacto con las civilizaciones modernas. Aunque desde nuestros orígenes hemos convivido con enfermedades, a lo largo de la historia hay todo tipo de recuentos sobre enfermedades contagiosas que acabaron con buen parte de las poblaciones humanas, como la peste negra, la viruela y la influenza española. Recientemente y hasta hace unos meses habíamos tenido relativa suerte gracias a la medicina moderna, ya que las vacunas, antibióticos y antivirales nos hacían sentir seguros. Pero la reciente pandemia de la COVID-19 demuestra que sólo era cuestión de tiempo para que nuevas enfermedades emergentes contagiosas causaran estragos impresionantes en nuestras vidas.

     Al mismo tiempo, vemos otra verdadera epidemia, pero de noticias falsas (fake news), de información sesgada o completamente falsa y con todo tipo de mitos que se dispersan a una velocidad más que exponencial en las redes sociales y en los diferentes medios. Llama aún más la atención que en algunos casos este tipo de noticias se propagan en periódicos y canales de televisión tradicionalmente considerados como confiables. De las fake news más sorprendentes en este momento, son las ideas de que la red G-5 sea la causa de la enfermedad COVID-19, o que el virus mismo fue creado en un laboratorio.

     Ante este desolador panorama, no nos queda más que hacer un llamado urgente a fortalecer la ciencia así como la educación y cultura científica. Específicamente, la ciencia necesita llevar a cabo investigación que nos ayude a entender la dinámica de estas enfermedades emergentes y pandemias, para desarrollar fármacos y vacunas, para combatir la enfermedad y quizá más apremiante, cómo prevenirlas. No debe quedar de lado que a estas iniciativas se les debe agregar mejoras en la educación y la divulgación científica, que son las que verdaderamente pueden ayudar a combatir la ignorancia y la pereza intelectual que son las que logran que estas noticias falsas se vuelvan “virales”.

     En este número 24 de Oikos= rendimos homenaje a los científicos que sentaron las bases de nuestra investigación actual. En primer lugar incluimos un artículo por Rosa Jimena Rey, responsable de la biblioteca de nuestro Instituto, sobre el viaje heroico de Humboldt, iniciado a fines del siglo XVIII por la América tropical. A raíz de este viaje, este ilustre personaje hizo contribuciones únicas y originales que nos conducen al estudio moderno de la ecología y biodiversidad. Una aportación mucho menos conocida para el público general fue la de Ronald A. Fisher. Fisher es uno de los científicos que desarrollaron inicialmente la teoría de la genética de poblaciones. Esta rama de la biología nos sirve, por ejemplo, para analizar los niveles de variación genética en el humano, en las papas y, muy ad hoc para los tiempos modernos, para conocer los diferentes tipos de coronavirus. Este conocimiento nos permite entender su evolución pasada e incluso a veces, predecir posibles trayectorias de evolución y adaptación. Así, la genética de poblaciones es una herramienta fundamental en el estudio de esta pandemia y de las enfermedades emergentes. El Dr. Daniel Piñero, investigador fundador de nuestro Instituto, nos platica sobre un artículo seminal en la historia de la ciencia moderna, donde en 1918, hace un poco más de 100 años, Fisher demostró la relación entre la genética de caracteres discretos, como los colores de flores de chícharo que estudió Mendel, con la de los caracteres continuos, como son el peso o la estatura de una persona, y cómo se pueden analizar la evolución de ambos por medio de lo que llamamos ahora la genética de poblaciones y la genética cuantitativa.

     También en este número, en una nota por Daniel Piñero y uno de nosotros, se recuerda a Luigi Luca Cavalli-Sforza, fallecido hace relativamente poco. Cavalli-Sforza dedicó su vida a un trabajo pionero, aplicando y adaptando la teoría de la genética de poblaciones precisamente al estudio de la variación genética en humanos y de su evolución, en particular sobre el papel de la migración y la diferenciación genética resultante. Y sobre evolución humana, Constantino Macías, investigador y director de nuestro instituto, reflexiona sobre lo que nos hace únicos a los humanos alrededor de otra especie de nuestro género, Homo luzonensis, descubierta recientemente en las Filipinas y lamentablemente ya extinta.

     La globalización no solo implica el moviento de mercancia sino tambien de humanos y enfermedades. Así, Kyle Shaney, postdoc de nuestro Instituto, nos presenta un emocionante relato de sus aventuras en las selvas malayas para conservar cocodrilos en peligro de extinción en Sumatra, ya que sus poblaciones se están acabando debido a la destrucción de la selva para sembrar la palma de aceite Elaeis guineensis,. Los cultivos de esta palmera, conocida también como palma africana, han proliferado debido a un intenso comercio internacional por su preciado aceite. Es necesario resaltar que la plantación de esta palma representa un importante problema para conservación de las selvas tropicales de todo el mundo, incluyendo México. Y esto nos refiere a China y al origen del coronavirus de la pandemia de COVID-19. Se han señalado a los murciélagos como el posible origen de este coronavirus, por lo que el Dr. Rodrigo Medellín nos responde una serie de breves preguntas para aclarar dudas y confusiones en relación con el papel de los quirópteros en esta terrible pandemia, que podríamos resumir como: ¡los murciélagos no tienen la culpa! En efecto, estos animales no tienen la culpa de que se destruya su hábitat, ni del comercio ilegal de especies y mucho menos de que seamos tantos humanos ni tan parecidos en términos genéticos y médicos.

     Por último, en este número también incluimos, como generalmente hacemos, una nota sobre conservación en México, ahora es sobre el posible efecto de carreteras y caminos en la conducta y poblaciones de los perritos de la pradera del desierto Chihuahuense, Cynomys mexicanus otra nota sobre ecología urbana y los árboles óptimos para plantar en nuestra ciudad y una infografía sobre una abeja mexicana sin aguijón de Yucatán que produce una miel muy especial.

     Queremos de nuevo enfatizar la importancia del estudio científico, tanto evolutivo como ecológico, de las enfermedades que junto con trabajo molecular y experimental detallado, nos van a llevar a entender mejor estas enfermedades emergentes, cómo controlarlas, y cómo desarrollar vacunas y métodos que nos ayuden a sobrevivirlas. Todo este conocimiento podría ser inútil si no es acompañado de políticas e iniciativas claras para proteger al ambiente, a la biodiversidad y a todo nuestro planeta. Y, aunque genéticamente no podamos dejar de ser unas papas irlandesas, es importante que todos los ciudadanos hagamos un esfuerzo por no ser couch potatoes, de ser escépticos y no creer la gran cantidad de noticias falsas que nos llegan constantemente. Es fundamental que juguemos un papel importante como científicos y educadores, y trasmitamos los conocimientos científicos mínimos para que la gente sepa, cuando menos, qué son los virus y cómo evolucionan y que es imposible que unas ondas electromagnéticas, en particular la red 5G, puedan ser el origen de un virus.

     Nos queda una importante cuesta científica y educativa y el camino es empinando, pero no debemos dudar en recorrerlo con entusiasmo y dedicación como científicos y universitarios.

Luis E. Eguiarte y Clementina Equihua Zamora. Editores.