Constantino Macías Garcia

This ongoing irresponsible behaviour
will no doubt be remembered in history
as one of the greatest failures of humankind.
Greta Thunberg

(Este comportamiento irresponsable actual
será sin duda recordado en la historia
como uno de los más grandes fallos de la humanidad).

     Eso manifestó una joven en su intervención ante el Parlamento Británico el pasado abril. Parecería extraordinario que el más antiguo parlamento occidental le diera audiencia a una chica de 16 años, sobre todo porque Greta no es un genio artístico o académico, o una atleta consumada. No se trata de una princesa inglesa, o de la heredera de alguna casa real extranjera. Greta ni siquiera es británica. Es una estudiante sueca a la que el acceso a la información, junto con su evidente racionalidad —supongo que nutrida por un sistema educativo sensato— la ha llevado a percibir con claridad cuáles son los riesgos que enfrenta el sistema climático planetario, y cuales las consecuencias que su desajuste, provocado por los humanos, habrá de tener muy pronto.

     Greta ha comprendido el llamado de los científicos y ha escuchado la angustia en sus voces; angustia nacida de la certeza de una catástrofe inminente si no tomamos acciones radicales. También ha entendido por qué no las tomamos. En esa misma intervención en Westminster, ella les dijo a los miembros del parlamento “ustedes no escuchan a la ciencia, porque están solamente interesados en soluciones que les permitan seguir en lo suyo como antes”.

     Reconocer cuáles son los procesos que nos han puesto en esta ruta de colisión, imaginar acciones efectivas e implementarlas con el concurso de los diferentes actores sociales para corregir el rumbo, es una buena definición de sostenibilidad. Greta Thunberg nos ha indicado con una voz que, sin ser la primera, sí se cuenta entre las más lúcidas y efectivas, una agenda inescapable: las sociedades tenemos que cambiar nuestra conducta pero en particular los políticos y las grandes corporaciones tienen que escuchar a los científicos. No podemos seguir pensando en proyectos de ningún tipo sin cuestionarnos cual será su impacto en el ambiente.

     Se trata de una agenda de relevancia global, pero que contiene unas cuantas notas que resuenan con particular agudeza en el México de hoy. En él se ha asomado la tentación de darle la espalda a la ciencia en favor de quehaceres cortoplacistas. Ello nos pone en el riesgo ser más un obstáculo que un promotor de la urgente agenda ambiental. Este número de Oikos= nos invita y nos informa sobre diversas manera de sumarnos a la agenda Thunberg.