Hay de reservas a reservas

Constantino Macías

La idea de apartar una región del planeta —del territorio local, del país— para que no se acaben las plantas o los animales que la habitan habría resultado incomprensible a nuestros ancestros. O, al menos, a aquellos que paseaban libremente por bosques y llanuras siguiendo los patrones temporales de abundancia de alimentos. Unos cuantos estadios de desarrollo cultural más adelante, las sociedades generaron formas de organización que incluyeron, las más de las veces, algún tipo de monarquía. A partir de entonces surgió en diferentes partes del mundo la idea de designar áreas de particular belleza y riqueza natural, sobre todo faunística, para el uso exclusivo de las elites dominantes. En Asia, Europa, norte de África y por lo menos en Mesoamérica, los cotos aseguraban la abundancia de caza deportiva para el esparcimiento de los gobernantes, y seguramente contribuyeron a la preservación de algunas especies.

     Viene a la mente la historia del ciervo de Père David, o sibuxiang (四不像), que significa “cuatro no iguales” (porque se parece pero no es igual a la vaca, ni al venado, ni al caballo ni al burro). Esta especie de venado de los pantanos del sur de China estaba en vías de extinción cuando lo encontraron, a finales del siglo XIX, en los cotos de caza del emperador chino. Ya entonces, la pequeña población, aislada probablemente por cientos de años, enfrentaba las amenazas de toda población pequeña: sus números oscilaban cerca del temido tamaño mínimo viable poblacional —por debajo del cual la extinción se vuelve muy probable— y su diversidad genética estaba muy erosionada.

     Una lección que podemos extraer de esta historia es que, si queremos mantener a largo plazo las poblaciones o los procesos biológicos que nos interesan, debemos garantizar la posibilidad de flujo de organismos y de genes entre diferentes reservorios. También aprendimos que mantener solamente por mantener no es suficiente; hay que aprovechar las reservas para estudiar y conocer, y por tanto ser más eficientes en nuestros esfuerzos para preservar la naturaleza, como es el caso del área protegida de Xochimilco que nos presentan Patricia Pérez Belmont y sus colaboradoras. Las reservas nos permiten, además, entrenar a nuestros académicos, como muestran las experiencias en Los Tuxtlas que nos comparte Juan Nuñez Farfán, y constituyen laboratorios en los cuales podemos seguir procesos cuyas consecuencias solamente pueden ser evaluadas en el largo plazo, como ilustra la contribución de Angelina Martínez Yirízar y sus colegas sobre la Estación de Biología de Chamela. A veces, sin embargo, lo urgente no deja tiempo para lo importante, y lo único que podemos hacer es decretar una reserva con la esperanza de que la especie o hábitat que pretendemos preservar no desaparezca antes de que los conozcamos más y aprendamos a cuidarlos, como ha sucedido en el área del alto Golfo de California que busca proteger a la vaquita, situación que describe nuestra colaboradora y editora Clementina Equihua Zamora. Tenemos, pues, reservas diseñadas para conservar determinadas especies, reservas pensadas como santuarios de algún proceso, y reservas establecidas como centros de investigación, tanto para fines de conservación como para comprender procesos. Yo, desde luego, prefiero éstas últimas.