La milpa

Milpa quiere decir en náhuatl, “sembradío”. Se entiende que en Mesoamérica el nombre se haya aplicado históricamente a campos de maíz, y ello explicaría por qué no llamamos “milpa” a los trigales. Pero entonces, ¿por qué los sembradíos de maíz en otras latitudes se llaman maizales? Bueno, en ésta entrega de Oikos= deberá quedar abundantemente claro: porque no son milpas.

     Sitio de encuentro, espacio de coincidencias amorosas (o solamente eróticas), unidad de terreno, medida de riqueza —o de pobreza—, heredad, o, como recordamos al leer el libro El espíritu del maíz de Isabel Serrano, profusamente ilustrado por Ary Kahan, motivo y medio de expresiones artísticas, la milpa es, antes que nada, una tecnología agrícola sin parangón. Combinando la siembra de frijoles, tomates, chile, quelites, calabazas y maíz, los antiguos habitantes de Mesoamérica desarrollaron un sistema de policultivo que no sería reconocido, mucho menos entendido, sino hasta varios siglos después de que sus civilizaciones fueron obliteradas en un violento encuentro de culturas —tristemente ni el primero ni el último en la historia de la humanidad—.

     Pero la milpa no fue eliminada. Subsistió, y sus componentes, desagregados, fueron llevados a todo el mundo. En la India el chile experimentó una diversificación tan impresionante como la que había tenido en Mesoamérica, y forma parte de las cocinas más espectaculares del sureste asiático. Las fotogénicas calabazas conquistaron todas las cocinas occidentales tanto como el jitomate, condimento por antonomasia de la cocina italiana, por ejemplo.

     Pero es el maíz el producto de la milpa que ha tenido más impacto en la humanidad. Con más de 700 millones de toneladas anuales, el maíz representa más de un tercio del total de cereales producidos en el mundo. Sus usos, directamente para alimento humano, o de ganado, son sólo una parte de las formas en que lo aprovechamos; el almidón y otros derivados del maíz forman parte, como aditivos, de la mayoría de los alimentos procesados, y constituyen por tanto un mercado multimillonario.

     A casi 500 años de que los europeos empezaron a llevarlo a otros países, el maíz y los maizales se han vuelto elementos integrales del paisaje en todo el mundo -aunque no deja de ser irritante verlos aparecer en películas como escenario de combates entre antiguos griegos o romanos-. La milpa, en cambio, se quedó en México y en Centroamérica. Los maizales en todo el mundo enfrentan el embate comercial de la agroindustria. Puedo imaginar los beneficios que la tecnología genómica podría aportar al cultivo del maíz —o de las calabazas, los frijoles, los quelites—. Quizá en condiciones controladas, aplicando criterios precautorios, algunos maizales puedan albergar maíces modificados genéticamente para combatir hambre o enfermedades. Pero yo primero apostaría a entender mejor los beneficios del policultivo que representa la milpa; me sorprendería que esta antigua agrotecnología no tuviera aún muchos agradables secretos que compartirnos.

El director

Constantino Macías García