Ejemplo 1

Desde tiempos inmemoriales, el majestuoso jaguar se ha enseñoreado en las selvas, pantanos, mangles y bosques de América, desde el sur de los Estados Unidos hasta la austral Argentina, adentrándose incluso en las zonas áridas del norte de México y los Estados Unidos. Este felino es símbolo de libertad, fuerza y misticismo, y ha tenido un papel primordial en la cosmovisión de las culturas ancestrales del continente americano, así como en el imaginario popular de las comunidades actuales. A pesar de su importancia, biológica, cultural y mística, la existencia del jaguar está amenazada por la invasión humana; tanto por las actividades productivas que reducen y fragmentan su hábitat, como por la caza de sus presas y de los jaguares mismos. Esta situación ha empujado al depredador más grande de la América Neotropical al borde de la extinción.

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Ejemplo 2

Mantener los pies en la tierra, coloquialmente, se refiere a no dejarse llevar por ilusiones falsas; a ser realista. Esta frase tan común debería hacernos conscientes de la importancia del suelo, el substrato al que se ancla la vida en prácticamente todo el planeta. Los suelos son recursos no renovables y constituyen sistemas complejos por su heterogeneidad (variaciones del suelo por áreas, temporadas y circunstancias). Esta complejidad dificulta la selección de indicadores que sean útiles para medir y monitorear la calidad del suelo y que puedan integrarse a programas de manejo y conservación. Los suelos son la matriz en la que ocurren los procesos biogeoquímicos que permiten el reciclaje y la reincorporación de nutrientes, de un modo que permita el funcionamiento de los ecosistemas naturales y de los sistemas socioambientales, y que permita, en última instancia, la subsistencia de las poblaciones humanas.

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Ejemplo 3

Diversidad. Una ciudad, un campo, de lejos una ciudad y un campo; pero, a medida que uno se acerca, son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormigas, hasta el infinito. Todo esto se encierra bajo el nombre de campo.

Blaise Pascal

A lo largo del tiempo, el desierto ha sido referencia constante para evocar e inspirar múltiples imágenes: tierra de fantasías, lugar de ermitaños y anacoretas, espacio en el que la vida se imagina instalada en una eternidad cíclica. En contraste con la vida social, con los espacios urbanos e incluso rurales, los desiertos han sido siempre lugares en los que la naturaleza obra por cuenta propia.

     No es de extrañar. Los desiertos son islas biológicas que han permanecido relativamente inaccesibles al control humano y por lo mismo han generado procesos de aislamiento que hacen surgir formas únicas de vida; plantas extrañas y animales exóticos con enmarañadas y caóticas formas de desarrollo y crecimiento; y aparecen patrones regulares ahí donde la vida engendra vida, donde la naturaleza muestra la fuerza de su autoproducción. Por ello, quizá, los desiertos son territorios que impactan la mirada y producen experiencias estéticas inigualables, en las que el ojo humano se deja sorprender por la grandeza de la naturaleza, por la magia de la existencia pura de la vida. En México, en el imponente desierto Chihuahuense, podemos encontrar una de esas bellezas de la naturaleza, conocida como el Valle de Cuatro Ciénegas.

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Ejemplo 4

Un reino perdido en el norte de México

En 1450, Francisco Vázquez de Coronado lideró una gran expedición de más de 2000 personas, entre españoles y mexicanos, que partió rumbo al norte de México y al actual Suroeste de los Estados Unidos en busca del mítico reino llamado Cíbola, que escondía siete maravillosas ciudades de oro. Durante dos años recorrieron las planicies áridas sin encontrar oro, pero en el camino observaron una serie de animales desconocidos que llamaron su atención. El primero fue una bestia como una “vaca con joroba”, a la que los indios llamaban cíbolo, nombre que se utilizó en México hasta principios del siglo 20 para referirse al bisonte americano, en latín Bison bison. Aunque Hernán Cortés había sido el primer europeo en observar un bisonte en los jardines de Moctezuma, Coronado y su expedición fueron los primeros europeos que lo vieron en su hábitat natural. Sus relatos resaltan la incalculable cantidad de animales que se congregaban en manadas; algunos hablan de 20,000 individuos, mientras que otros describen una manada que cubría al menos 20 km.

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