Cristina Ayala-Azcárraga

Recuerdo la voz de mi mamá emocionada al decirnos que nos iba a llevar a Chapultepec, recuerdo también haberme emocionado como si dijera que nos iba a llevar a Disneylandia. Pero lo que más recuerdo es haber pasado lo que me pareció una eternidad en el transporte público. Llegar desde Xochimilco hasta el Bosque de Reforma nos tomó 90 minutos y tres camiones. Con razón no nos llevaba tan seguido.

     Ese recuerdo no es sólo mío. Le pertenece a miles de ciudadanos que se mudaron a vivir a la Ciudad de México, sacrificando el contacto con la naturaleza a cambio de mejores oportunidades de trabajo y servicios. Esta situación ha favorecido que más del 50% de la población mundial viva en estos sitios. Sin embargo, el crecimiento urbano desordenado ha conllevado altos niveles de cambio de uso de suelo y degradación ambiental, lo que a su vez tiene un impacto en la calidad de vida de los que la habitamos, ya que genera dilemas que nos afectan de diferentes formas. Es decir, si bien vivir en grandes urbes beneficia a las personas porque les da acceso a mejores condiciones de servicios de salud, al mismo tiempo, las ciudades tienen condiciones poco saludables porque propician un ambiente de mayor contaminación y exposición a diversos factores que hacen que sus habitantes sean más vulnerables a padecer enfermedades. Estas contradicciones han provocado que cada vez sea más importante comprender qué variables, dentro de las ciudades, influyen en la calidad de vida de las personas, especialmente considerando que uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo es contar con ciudades sostenibles para 2030. Es decir, apenas nos queda poco más de una década para integrar la dimensión ambiental y económica al componente social urbano.

El papel de las áreas verdes en las urbes

En la ciencia, cada vez se reconoce más que la naturaleza en las ciudades desempeña un papel mucho más importante en su funcionamiento que en su embellecimiento, principalmente por sus efectos positivos en el entorno citadino y para sus habitantes. Desde el punto de vista ambiental, las áreas verdes urbanas brindan diversos servicios ecosistémicos como la captura de carbono, la reducción de la contaminación atmosférica, el mejoramiento de la calidad del aire, una mayor capacidad de infiltración de agua y la preservación de la biodiversidad, los cuales contribuyen a la sostenibilidad de las ciudades.

     Diversos estudios han demostrado que las áreas verdes tienen un efecto positivo en la salud de los habitantes de las ciudades. Un ejemplo clásico de los beneficios del contacto con la naturaleza es el experimento de Roger S. Ulrich, de la Universidad Tecnológica de Chalmers, Suecia, quien en 1984 comprobó que la recuperación post-operatoria de los pacientes con acceso a un paisaje natural era más rápida y menos dolorosa que la de los pacientes con vista a una pared de ladrillos.

     Otros estudios han documentado que las áreas verdes urbanas contribuyen a mejorar la salud de la gente disminuyendo el estrés y fomentando el aumento en la actividad física, lo que trae consigo la reducción de enfermedades cardiacas, cardiovasculares, respiratorias y mentales. Además de estos beneficios para la salud individual, desde el punto de vista social, las áreas verdes juegan un papel importante en la formación de relaciones sociales de cooperación y confianza, contribuyendo a la construcción del tejido social de una comunidad. Al respecto, Peters y sus colaboradores constataron en el 2010 que estos espacios permiten la convivencia simultánea de diversos grupos étnicos, de diferentes edades y estratos socioeconómicos, que generalmente no se encontraban en el mismo espacio. La mezcla de estos grupos a su vez se vio reflejada en una mayor confianza entre vecinos, así como mayor sensación de seguridad y apego al lugar.

     Dada la creciente evidencia de los beneficios que proveen a las ciudades mediante el servicio ambiental fundamental del bienestar en la calidad de vida de las personas, en las últimas décadas las áreas verdes urbanas han estado en el centro del discurso científico de la sostenibilidad urbana. Sin embargo, la distribución de la naturaleza dentro de las ciudades suele ser muy desigual, ya que está asociada a variables sociales como el poder adquisitivo, la educación y la etnia de los residentes. Esta disparidad en el acceso a las áreas verdes ha sido internacionalmente reconocida como una problemática de injusticia ambiental que los gobiernos deben atender de forma prioritaria.

Las áreas verdes en la Ciudad de México

En la Ciudad de México, la Ley Ambiental del Distrito Federal (hoy Ciudad de México) define a las áreas verdes urbanas como “Toda superficie cubierta de vegetación natural o inducida que se localice en el Distrito Federal. Corresponden a las áreas verdes urbanas aquellas que se encuentran en el suelo urbano, en las zonas suburbanas y en las comunidades y poblados ubicados en el suelo de conservación”. Esta definición es tan amplia que incluso dentro de la misma Ciudad de México cada dependencia re-define, de acuerdo con sus criterios, lo que es un área verde. Esto se traduce en datos diferentes respecto a inventarios y censos oficiales.

     Por ejemplo, en 2009 la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial (PAOT) realizó un inventario de áreas verdes en el cual se afirma que los habitantes de la Ciudad de México cuentan con 14.4 m2 per cápita (por habitante), cifra aceptable ante los lineamientos internacionales, que sugieren un mínimo de 9 m2 por habitante. Sin embargo, al considerar “áreas verdes” como “cualquier superficie cubierta de vegetación”, sin distinguir entre su tamaño, accesibilidad, características o uso potencial, no se piensa en el uso activo de estos sitios, que es el que le puede aportar mayor bienestar a las personas.

     En los centros urbanos, la ubicación geográfica, el tamaño y la accesibilidad de las áreas verdes pueden facilitar o dificultar el uso de estos espacios; por lo tanto, estas características tienen un impacto en la cantidad de beneficios que podemos disfrutar sus habitantes al relacionarnos con las áreas verdes. Es por eso que para mí, como para miles de ciudadanos que debemos recorrer largos caminos para acceder a un parque, las cifras reportadas por los inventarios oficiales no representan nuestra realidad diaria.

     Dado que la distribución de las áreas verdes dentro de las ciudades tiene implicaciones ecológicas y sociales que repercuten en el bienestar de sus habitantes, el identificar y exponer sus inequidades debería impulsar una mejor planificación urbana y mayor justicia ambiental. Sin embargo, para que esto pueda suceder, es necesario ubicar geográficamente las áreas verdes, considerando su uso como característica determinante. Sólo de esta forma podremos conocer realmente qué tanto acceso tenemos los ciudadanos a la naturaleza.

     Con esto en mente, realicé una caracterización de las áreas verdes de la Ciudad de México para corroborar si en verdad la ciudad es tan verde como dice. Utilizando Sistemas de Información Geográfica y las bases de datos de áreas verdes de INEGI excluí aquellos sitios que a pesar de tener mucha vegetación son inaccesibles para uso público (como la vegetación de acompañamiento vehicular o los jardines particulares). Los camellones son considerados vegetación de acompañamiento vehicular, y, generalmente, son inaccesibles para las personas, por lo que en esta caracterización solo se incluyeron aquellos que miden más de 20 metros de ancho, porque suelen poseer un paseo central que permite hacer uso del sitio. El camellón de Paseo de la Reforma o los camellones de la Condesa son ejemplos de este tipo de áreas verdes.

     Como resultado, identifiqué 1,353 áreas verdes que los ciudadanos pueden visitar, las cuales abarcan 2,643 hectáreas. Los resultados también indican que estas áreas verdes se encuentran repartidas de manera muy desigual entre las delegaciones, tanto en cantidad como en superficie. Es decir, algunas delegaciones poseen un gran número de áreas verdes concentradas en unas pocas colonias, otras delegaciones poseen pocas áreas verdes, pero distribuidas más homogéneamente en su superficie. Por ejemplo, Coyoacán es la que tiene el mayor porcentaje de estos sitios, repartidos en el 65% de sus colonias.

AreasVerdes01Superficie de Áreas Verdes Urbanas (AVU) per cápita por delegación en la Ciudad de México. Imagen: Tania Fernández.     Respecto a la cantidad de estos sitios per cápita (por ciudadano), si consideramos la superficie de las áreas verdes urbanas, la delegación Miguel Hidalgo tiene casi 15 m2 por habitante. En contraste, delegaciones más pobres, como Iztapalapa o Xochimilco, poseen menos de 1 m2 por habitante (ver figura). Esto quiere decir que, si todos los habitantes de la Ciudad de México quisieran usar al mismo tiempo los espacios verdes, la superficie promedio que cada habitante podría usar sería de apenas 3 m2, muy por debajo de las recomendaciones internacionales.

Áreas verdes para cumplir la meta de ciudades sostenibles

Con estos resultados podemos decir que los inventarios oficiales realizados por las autoridades suelen pasar por alto el aspecto del uso y accesibilidad real de las áreas verdes urbanas. El presente estudio revela que si la PAOT sólo considera las áreas verdes a las que los habitantes de la Ciudad de México tienen acceso, entonces los resultados se alejan de las recomendaciones internacionales, ya que tan cuentan con cinco veces menos superficie de áreas verdes que lo reportado en su último censo.

     La evidencia científica respecto a la mejoría en la salud física, mental, emocional e incluso social a la que contribuyen las áreas verdes es cada vez mayor. Sin embargo, es urgente integrar la investigación producida con la gestión de estos sitios. Para eso, es crucial que la academia tenga un canal de comunicación eficaz y constante con los tomadores de decisiones, ya que ambas partes buscan el bien de la ciudad y sus habitantes.

     Para lograr traducir la ciencia en acciones se necesita, por un lado, trabajar en conjunto, academia y gobierno, para crear nuevas áreas verdes y proteger y priorizar las ya existentes. En el caso de los sitios en los cuales resulte imposible crear más metros cuadrados verdes, las pocas áreas existentes deberían ser ejemplo de mantenimiento y calidad. Ante ese escenario: calidad sobre cantidad.

     Finalmente, es crucial reconocer que resulta útil tener la ubicación geográfica de las áreas verdes de la Ciudad de México, pero también se debe aceptar el déficit de áreas verdes que pueden ser visitadas que expone este artículo. La falta de inventarios que consideren únicamente las áreas verdes públicas ha provocado que las acciones de reverdecimiento se enfoquen en la creación de muros y azoteas verdes, intentando sustituir con estas alternativas la función biológica de los árboles. Estas estructuras más que contribuir a la solución de la problemática son un auto-engaño, ya que nos hacen creer que con ellas ya tenemos suficientes áreas verdes, ignorando la importante función biológica de elementos como los árboles anclados al piso.

     El cambio de paradigmas en la gestión de las megaurbes, de ciudades demandantes de recursos a ciudades sustentables, nunca será fácil, pero es crucial para la supervivencia humana. Es urgente que tanto gobiernos como la ciudadanía en general asimile que el cuidado del ecosistema urbano va mucho más allá de la idea romántica de conservación. Bernie Sanders, político estadounidense, dijo: “una buena política ambiental es una buena política económica”. Las ciudades sostenibles deben integrar un nuevo paradigma, en el cual se apueste por la conservación de la naturaleza no como un lujo, sino como la necesidad que es.

Para saber más

  • Ayala Azcárraga, Cristina. 2015. Más árboles y menos farmacias. Revista digital Nexos. Sección: La brújula.
  • Ayala Azcárraga, Cristina y Montserrat Moysen. 2016. El costo y el valor de los arboles. Revista digital Nexos. Sección: La brújula.
  • Córdova, F., L. Zambrano y Á. Merlo. 2014. Árboles contra calles. DFensor, revista de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
  • Gehl, Jan. 2014. Ciudades para la gente. 280 pp.
  • Jansson, Å. y S. Polasky. 2010. Quantifying Biodiversity for Building Resilience for Food Security in Urban Landscapes: Getting Down to Business. Ecology and Society 15.