Nathalie Cristina Sánchez Esparza

La presencia humana es difícil de definir por una sola característica. Cuando los humanos llegan a un área puede ser sólo de paseo, como una a caminata por la montaña, hasta algo más grave, como la construcción de infraestructura urbana u otros cambios en el uso del suelo (cuando se tala un bosque o un área se usa para sembrar maíz). Entonces los humanos representan efecto grave, por la magnitud de su impacto en el ecosistema.

07Sanchez01     De los estímulos más comunes dentro de las áreas modificadas son las carreteras y caminos para el tránsito de vehículos motorizados, como automóviles, camiones o motocicletas. Aunque las carreteras se consideran básica para el desarrollo económico, ya que permite la movilidad de la población y facilitan las actividades económicas, por ejemplo el transporte de mercancía, hemos ignorado sus consecuencias para los ecosistemas donde se desarrollan. Según la investigación de Taylor y Goldingay del 2010, el método más común para medir el efecto de una carretera es contar las muertes provocadas por atropellos, dejando de lado otros impactos que puedan tener sobre el ambiente.

     Pero investigaciones como la de Alisa W. Coffin en 2007 ha demostrado que las carreteras podrían estar afectando la percepción de riesgo de muchas especies. Los caminos tienen un efecto barrera sobre algunas especies, lo que las va aislando a sus poblaciones, interfieren con sus sistemas de comunicación y llegan a provocar un estado de estrés en los animales. 

El miedo

¿Cómo podríamos saber si los automóviles le están provocando miedo constante a una especie? Una propuesta es medir si ese estrés provoca miedo constante en los animales. Ese nivel de peligro percibido se le conoce como percepción de riesgo. Dependiendo de lo que vean a su alrededor, y de las experiencias previas que hayan tenido, pueden determinar cuál es su probabilidad de ser atacados por un depredador.

    Esta percepción de riesgo no es algo exclusivamente humano. Estudios como el de Steven L. Lima y Lawrence M. Dill de 1990 mostraron que dependiendo de lo que un animal percibía en su entorno, este modificaba el tiempo que dedicaba a alimentarse, así como el cuándo escapar hacia un refugio. Esto indicaba que muchos animales poseen la capacidad de evaluar su situación de peligro, pero en vez de evadir delincuentes, ellos huyen de algo peor: de los depredadores. La mayoría de las especies tuvieron que adaptarse para evitar ser cazados; igual que nosotros queremos detectar primero al asaltante para poder evadirlo, así los animales evolucionaron para detectar las señales de peligro, para evadir a los depredadores.

     Igual que un humano miedoso es más precavido, así un animal con constante miedo tomará sus precauciones; se volverá más desconfiado con lo que se le acerque, ya sea su depredador o un humano. Tomando ventaja de esa paranoia, Ronald Ydenberg y Lawrence M. Dill propusieron desde 1986 usar esa medida como indicador de miedo, y la llamaron “distancia de inicio de escondite”, la distancia que permite un animal acercarse a un estímulo estresor (generalmente un humano), hasta que el primero emprende la huida. Dicho de otro modo: entre más asustado esté el animal, menos permitirá acercarse al estímulo.

¿Cómo saber si tienen miedo?

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Con el fin de comprobar si los vehículos provocan un estado de miedo constante, estudié el miedo en el perrito de las praderas mexicano (Cynomys mexicanus), una especie endémica del Noreste de México. En un estudio realizado por Shannon y colaboradores en 2014 describieron que parientes cercanos a esta especie perrito, como el perrito de cola negra Cynomys ludovicianus (también presente en México) pasan más tiempo en la madriguera cuando escuchan sonido de tráfico vehicular cerca de su colonia. Pasa algo similar con las aves, en donde evitan zonas invadidas por el sonido de los automóviles.

     En mi estudio, medí en dos áreas la distancia a la que huyen los perritos de las praderas de un humano y las comparé entre sí. En un área, la presencia de los automóviles y camiones era constante, ya que una carretera atraviesa el hábitat del perrito. La otra área era una zona protegida, llamada Llano de la Soledad en dónde la presencia de vehículos era poco frecuente y no existen caminos pavimentados.

     Al comparar la distancia de inicio de escondite de los perritos del Llano con la distancia de los perritos del área con frecuencia más frecuente de vehículos no pareció que haya cambiado la percepción de riesgo del perrito de la pradera. Los perritos de las dos áreas parecen comportarse de la misma manera, ya que la distancia de huida es muy parecida entre las dos. ¿Entonces el perrito es inmune a los vehículos? No puedo afirmar esto. Sólo analicé la presencia de los automóviles y camiones como el factor estresante y de manera indirecta con la aproximación del humano; pero una carretera y caminos implican más factores por analizar: ruido de motores, gases expulsados de los escapes, verificar si los perritos evitan acercarse al asfalto entre otras muchas combinaciones que pueden afectar el estado fisiológico y determinar la variación de comportamientos de los animales de distintas especies.

     Como comentario final, ¿De qué me hubiera servido saber si los perritos sienten más miedo? Me pareció que esta era una manera de establecer nuevos métodos para determinar el impacto de las actividades humanas sobre las especies. A medida que la población urbana se incremente, también se irán extendiendo sus infraestructuras y su impacto ambiental, por lo que es necesario empezar a considerar que existen otros efectos dañinos sobre los animales, además del tradicional “si no está muerto, están bien”. Un ejemplo de este tipo de problema se manifestó recientemente por el cambio de uso de suelo ilegal para suelo agrícola dentro del Área Natural Protegida (ANP) estatal “La Trinidad”, en el municipio de Galeana, Nuevo León (Ver Denuncia ante PROFEPA, por cambio de uso de suelo ilegal en ANP estatal "La Trinidad"). Este conocimiento puede ayudar al diseño de carreteras y otras actividades humanas, más amigables con la fauna. Pero es indudable que el estrés provocado por el miedo constante, ya sea en humanos o en otros animales tiene consecuencias para la salud, aunque tal vez más sutiles y a largo plazo.

Para saber más

  • Sánchez-Esparza, N.C. 2017. Comportamiento de alerta del perrito de la pradera (Cynomys mexicanus) con respecto al tránsito de automóviles en Galeana, Nuevo Léon, México. Tesis de Licenciatura. Facultad de Ciencias Biológicas, Universidad Autónoma de Nuevo León. San Nicolás de los Garza, Nuevo León.
  • Coffin A.W. 2007. From roadkill to road ecology: A review of the ecological effects of roads. Journal of Transport Geography 15: 396-406.
  • Taylor B.D. y Goldingay R.L. 2010. Roads and wildlife: Impacts, mitigation and implications of wildlife management in Australia. Wildlife Research 37: 320-331. https://doi.org/10.1071/WR09171.