Guillermo Sánchez de la Vega

Desde las cuevas

Durante miles de años las cuevas fueron refugio y hogar de diferentes grupos humanos en México y en el mundo. En las décadas de 1950 y 1960 se descubrieron vestigios arqueológicos en diferentes partes de nuestro país, con lo que fue posible entender cómo las tribus de cazadores-recolectores fueron cambiando sus costumbres y comenzaron a cultivar sus alimentos (domesticándose especies como las calabazas, el maíz y el frijol), evento que permitió que las tribus permanecieran en un solo lugar. Esto fue lo que dio inicio a la formación de los primeros asentamientos humanos.

03Fig01Figura 1. Entrada a la cueva de Guila Naquitz, Oaxaca. Fotografía: Alejandro Linares Garcia CC BY-SA 4.0-3.0-2.5-2.0-1.0 vía Wikimedia Commons.

     Durante los últimos 60 años, investigadores como Richard S. Macneish y Kent Flannery han liderado trabajos multidisciplinarios en las cuevas de Tamaulipas, Tehuacán y Guilá Naquitz, Oaxaca (Figura 1). Estas investigaciones revelaron el hallazgo de los restos más antiguos de plantas como la calabaza, maíz, frijol y guajes, entre otras especies, y también de algunos parientes silvestres de éstas. Lo anterior ha sido crucial para comprender el origen de la agricultura y la domesticación de las plantas que son la base de nuestra alimentación. La domesticación transformó la cultura y diferentes aspectos de la biología del ser humano, iniciando el camino hacia nuestro modo de vida moderno.

     El hallazgo de restos de calabazas (semillas y fragmentos de fruto) en la cueva Guilá Naquitz en 1966 ha permitido determinar que la calabaza es la primera especie domesticada en nuestro continente, incluso varios miles de años antes que el maíz y el frijol. En esa cueva se encontraron restos de Cucurbita pepo de 8,000 a.C. Además existen registros de domesticación de otras calabazas de hasta 6,500 a.C., como los de C. argyrosperma (calabaza criolla) en el norte de Guerrero, y algunos otros, más tardíos y en menor número, de C. moschata y C. ficifolia en diferentes cuevas. La ausencia de registros de otras especies de calabazas en Oaxaca ha sido explicada debido a que estas plantas no toleran las temperaturas frías y secas de esta región. Hasta ahora, con los datos que han podido obtenerse se sabe que las calabazas C. pepo aparecieron en las cuevas de la región de Oaxaca y la depresión del Balsas (8,000 a.C.) y después se desplazaron al norte pasando por Tehuacán (5,900 a.C.) y Tamaulipas (4,300 a.C.) hasta llegar al suroeste de Estados Unidos (1,500 a.C.).

03Fig04Figura 2. Calabazas de la región de Ures, Sonora. Fotografía: Guillermo Sánchez de la Vega.

     Aunque las cuevas de Tamaulipas (Valenzuela y Romero), Tehuacán (Coxcatlán y San Marcos) y Oaxaca (Guilá Naquitz) sólo representan tres puntos separados de un gran número de sitios posibles que podrían aportar información, en estos lugares se han encontrado los registros de domesticación más antiguos de los tres cultivos más importantes en Mesoámerica. Por esta razón la fama de las cuevas ha llegado incluso a nivel mundial: la cueva Guilá Naquitz, en conjunto con algunas otras cuevas en las inmediaciones de Mitla y Yagul, han sido incluídas en la categoría de Paisaje Cultural, dentro de la lista de patrimonios de la humanidad de la UNESCO desde 2010.

Llegando a la mesa

En Mesoamérica la agricultura se inició hace unos 10 mil años. Los primeros agricultores utilizaron plantas silvestres en sus cultivos, y conforme las fueron seleccionando, se generaron las especies domesticadas, las cuales resultan genética y morfológicamente distintas a sus parientes silvestres. La domesticación de la calabaza tomó unos 6 mil años, y tuvo que pasar todavía más tiempo para que los primeros asentamientos humanos se formaran. La dieta de estos asentamientos dependía principalmente del cultivo de diversas especies domesticadas. Hoy en día en México tenemos alrededor de 200 especies nativas en estado avanzado de domesticación, incluyendo algunas especies de plantas de importancia mundial tales como la calabaza, maíz, jitomate, frijol, chile, cacao, agaves, entre muchas otras.

03Fig03Figura 3. A) Calabaza C. argyrosperma ssp. sororia creciendo sobre Zea mays ssp. parviglumis, en Jalisco. Ambas subespecies son parientes silvestres de especies de calabaza y maíz domesticadas. B) Productor de la variedad cultivada C. argyrosperma ssp. argyrosperma, de la región de Autlán, Jalisco. Fotografías: Guillermo Sánchez de la Vega.     Con el paso del tiempo, el manejo y cultivo de las calabazas se fue perfeccionando hasta predominar como medio de subsistencia. Así, por miles de años, las calabazas se han cultivado en casi todas las regiones agrícolas de México bajo el sistema tradicional de cultivo denominado milpa, y como consecuencia de ello los agricultores han logrado desarrollar una elevada diversidad genética (Figura 2). Por esta razón México es reconocido como el centro de origen, domesticación y diversidad de calabazas (Figura 3).

     Como consecuencia de este manejo ancestral y actual, existe una gran cantidad de razas y variedades nativas de calabaza, que son nombradas de forma diferente de acuerdo al país o a la región de la que provienen: calabaza de castilla, de casco duro, calabacitas, arotas, criollas, mixtas, tamalayotas, pipianas, chompas, kaboshas y chilacayotes. Las cinco especies de calabazas han sido parte de la dieta de los pueblos de Latinoamérica y posteriormente de otras zonas del mundo, y hoy en día se utiliza prácticamente cada una de las partes de la planta, desde sus “guías” o brotes tiernos y flores, que son consumidos en diferentes guisos, también los frutos inmaduros que se usan como verdura, hasta los frutos maduros utilizados en postres y dulces; en la gastronomía mexicana, las semillas o pepitas (que son una fuente de proteínas que es posible almacenar por periodos prolongados de tiempo) se consumen crudas, tostadas y/o saladas, y son base de toda una gama de moles y pipianes; también cabe resaltar el uso de los frutos en forma de contenedores y artesanías, o aprovechados como forraje (Figura 4).

03Fig02Figura 4. Diversidad de calabazas de la península de Yucatán. Fotografía: Guillermo Sánchez de la Vega.     Las calabazas son plantas generalmente anuales y forman parte de la familia Cucurbitaceae, a la cual también pertenecen la sandía, el melón, el pepino, el chayote y el estropajo, entre unas 965 especies. Dentro de esta familia, las calabazas conforman al género Cucurbita que se reconoce como un grupo de plantas americano, que incluye a 20 especies, de las cuales 15 crecen espontáneamente o se cultivan en México (Figura 5). Las especies de calabazas domesticadas son Cucurbita argyrosperma, conocida como calabaza criolla o pipiana (Figura 6); C. ficifolia, el chilacayote; C. moschata, la calabaza de castilla (Figura 7); C. pepo y C. maxima, kabosha, la calabacita. En los cultivos de ciertas zonas del país, estas especies conviven con sus parientes silvestres, que en algunos casos son endémicos de pequeñas regiones.

      Las diferentes especies están adaptadas a distintas condiciones ambientales. Por ejemplo, C. argyrosperma es una especie cultivada (y también puede encontrarse en estado silvestre), que vive generalmente en zonas por debajo de los 1,800 m. con climas cálidos y algo secos. C. ficifolia, sólo conocida en estado cultivado, prefiere altitudes mayores, de unos 1,300 m. o más, en zonas templadas a frías. C. moschata se cultiva en casi todo el continente americano en lugares cálidos, con altitud menor de 1,000 m. sobre el nivel del mar. C. pepo crece en lugares con altitud superior a 1,000 m. y debido a su capacidad de hibridizar con otras especies tiene gran importancia y uso en fitomejoradores. Finalmente, C. maxima se cultiva en lugares con clima templado a seco, y se considera que se domesticó en América del Sur. Esta especie no se cultivaba en nuestro país, pero en los últimos años se ha introducido en el noroeste de México, y su producción ha sido principalmente para los mercados de exportación.

03Fig05Figura 5. C. lundelliana especie silvestre creciendo en Calakmul, Campeche. Fotografía: Guillermo Sánchez de la Vega.

     En las últimas décadas se ha visto reducida la diversidad genética de las variedades locales de calabaza. Una de las causas ha sido el abandono de su cultivo, ya que las calabazas locales han sido desplazadas por variedades nuevas y más productivas; en consecuencia, algunas variedades locales se han mantenido aisladas, y otras aún requieren selección y mejora de aquellas características sobresalientes y deseables para los agricultores y consumidores. El noreste de México es un ejemplo del desplazamiento hacia variedades nuevas: el cultivo de calabazas para exportación se ha incrementado considerablemente en las últimas décadas, porque representa una mejor opción de producción y obtención de divisas para los productores mexicanos.

     En México el cultivo de calabazas comerciales inició hace aproximadamente 25 años en las regiones agrícolas de Sonora y Sinaloa principalmente. Algunas variedades comerciales de C. pepo han sido introducidas en el mercado de Latinoamérica, donde se usa como un sustituto de las tradicionales; y otras variedades de esta misma especie se siembran para exportación, como la calabaza “butternut” y “spaghetti”, cuya producción se destina a los Estados Unidos y Canadá con motivo del día de Acción de Gracias. Toda la producción de la calabaza kabocha (más de 50,000 toneladas), también conocida como “calabaza japonesa”, se destina al Japón, donde tiene el mayor consumo per capita a nivel mundial, y es un alimento tradicional, particularmente durante los festivales asociados al solsticio de invierno.

Trabajando en la genética y la genómica

A pesar de la importancia biológica y cultural de las calabazas, han sido pocos los esfuerzos encaminados a mostrar un panorama de la diversidad genética de las calabazas (con excepción de las variedades que han sido mejoradas para la producción de verdura (C. pepo)), si se compara con otras especies de la milpa. La mayoría de los estudios de diversidad genética se han enfocado en cuantificar atributos morfológicos, por lo que el nivel de conocimiento actual de la variación genética en México es todavía muy limitado. Los estudios genéticos y genómicos son necesarios para aportar información sobre dónde y cómo se domesticaron las calabazas, y cómo fue su posterior dispersión a diferentes regiones, en las que estas plantas se fueron adaptando a las prácticas de manejo y clima de cada localidad.

03Fig06Figura 6. C. moschata (izquierda) y C. argyrosperma de la zona maya de Xbec, Yucatán. Fotografía: Guillermo Sánchez de la Vega.     Recientemente, se ha renovado el interés para estudiar a los taxa silvestres de especies domesticadas, porque las plantas silvestres poseen una mayor diversidad genética (razón por la cual se les considera depósitos genéticos), que puede utilizarse para programas de mejoramiento de cultivos. Es importante determinar cómo está organizada la diversidad genética dentro y entre las poblaciones de estos parientes silvestres, buscando patrones genéticos a lo largo de su área de distribución geográfica, que pueden ser consecuencia de diversos procesos evolutivos tales como flujo génico, deriva genética, mutación y selección, entre otros. Con las herramientas genómicas que se han desarrollado a gran escala, y gracias a su relativo bajo costo, ha sido posible realizar proyectos multidisciplinarios de evaluación de la diversidad genética y la domesticación, que nuestro equipo de trabajo también está realizando. Los datos moleculares que hemos obtenido recientemente para mi tesis de doctorado, y en otros estudios que se realizan en el Instituto de Ecología y la FES Iztacala, UNAM, bajo la dirección de los doctores Luis Eguiarte y Rafael Lira, respectivamente, confirman una gran diversidad existente en las calabazas. Hemos encontrado que la diversidad genética presenta un patrón de “aislamiento por distancia” (mientras más lejanas las poblaciones, menos se parecen genéticamente), lo que sugiere que procesos como el intercambio de genes y la hibridación son muy importantes para las variedades domesticadas y sus parientes silvestres. A corto plazo, evaluaremos la diversidad genética para cada especie, con el fin de determinar cómo las prácticas de manejo agrícola de cada región influyen en esta diversidad.

03Fig07Figura 7. C. moschata del sur de Quintana Roo. Fotografía: Guillermo Sánchez de la Vega.

     Así como las cuevas han sido refugio y una fuente de información sobre la domesticación y el origen de las calabazas y la agricultura, los laboratorios e instituciones especializados en ciencias genéticas y genómicas se han convertido en modernos refugios de germoplasma, y refugios de la diversidad de estas especies: permiten llenar los vacíos de información sobre aspectos genéticos, genómicos y etnobotánicos, ya sea documentando la presencia de las especies domesticadas y sus parientes silvestres a lo largo del país, o evaluando la diversidad genética que poseen y cómo está organizada. Además, permiten el estudio de genes particulares relacionados con la domesticación.

     Conocer la diversidad genética y la forma en que se adaptan las calabazas en diferentes regiones, constituye un elemento de gran importancia para preservar áreas donde coexisten variedades cultivadas y sus parientes silvestres, debido a que estos últimos pueden ser la base para futuros programas de mejoramiento de cultivos actuales. La diversidad está estrechamente relacionada con las condiciones ambientales y las diferentes formas de usos de la calabaza. Para determinar las estrategias de conservación y aprovechamiento de estas plantas, es importante reconocer la variación morfológica y genética, así como la relación que esta variación guarda con el ambiente, y el impacto social que trae consigo. Por ello las estrategias de conservación deben estar vinculadas a su manejo, tanto tecnificado como tradicional, y a una política de conservación in situ y ex situ en bancos de germoplasma.

     Para conservar la diversidad de las calabazas tanto cultivadas como silvestres, la conservación, evaluación, documentación, y la fácil disponibilidad de los recursos genéticos, son estrategias que se están volviendo cada vez más indispensables. Todo lo anterior requiere proyectos con financiamiento concreto, que definan claramente una serie de acciones interrelacionadas de conservación, con estudios especializados.

Agradecimientos

El presente trabajo se realizó con apoyo del Posgrado en Ciencias Biológicas de la UNAM y el programa de Becas para Estudios del Posgrado del CONACYT (Número de becario 292164), además de CONABIO a través del proyecto Diversidad genética de las especies de Cucurbita en México e hibridación entre plantas genéticamente modificadas y especies silvestres de Cucurbita (clave KE004).

Para saber más

  • Bellón, M.R., et al. 2009. Diversidad y conservación de recursos genéticos en plantas cultivadas. Capital natural de México 2: Estado de conservación y tendencias de cambio. Conabio, México: 355-382.
  • Flannery, K. V. 2002. “Había gigantes en aquellos días”. Richard Stockton MacNeish, 1918-2001. Arqueología 27: 113-127.
  • Flannery, K. V. 1999. Los orígenes de la agricultura en Oaxaca. Cuadernos del Sur 5: 5-14.
  • Lira, R., Casas, A., & Blancas, J. (Eds.). 2016. Ethnobotany of Mexico: Interactions of People and Plants in Mesoamerica. Springer.
  • Zeder, M.A. 2006. Documenting Domestication: New Genetic and Archaeological Paradigms. University of California Press.