Irene Pisanty, Mariana Rodríguez Sánchez, Cynthia Peralta García, María C. Mandujano

De sorpresa en sorpresa 

Verano de 2008. El timbre de un teléfono celular nos sorprendió a todos, ahí, casi a la mitad de la nada, alejados del mundanal ruido, viendo por primera vez la poza de La Becerra. Al contestar, sonó la voz demandante de su padre: “¿Dónde estás?”. Ella respondió con suavidad: “En Cuatrociénegas, como te dije”. “¿Qué estás haciendo?”, preguntó la preocupada voz. “Viendo unos peces”, contestó la joven estudiante. “Dijiste que ibas al desierto y en los desiertos no hay peces”. Guardamos silencio mientras ella contestaba, y nuestra emoción creció con la conciencia de que estábamos ante algo extraordinario: los humedales, las pozas y los manantiales en una de las zonas más hermosas que hayamos visto: el valle de Cuatrociénegas, al centro de Coahuila. Los peces que observábamos eran de una especie que sólo se encuentra ahí, en el desierto más seco de México. A partir de ese momento, iríamos de sorpresa en sorpresa. Menos mal que al adentrarnos en el valle se perdió la señal celular, porque la siguiente respuesta hubiera sido “oyendo el oleaje”, que no era del mar, sino de una laguna, y ahí sí que no nos hubieran creído nada. ¿Qué hacía una laguna, con todo y sus olas, a mitad del desierto?

01Pisanty     El valle de Cuatrociénegas es parte del desierto Chihuahuense (Figura 1) y tiene todas las características típicas de una zona árida: un clima extremoso, con inviernos muy fríos y veranos realmente calientes, y muy poca lluvia (alrededor de 220 mm anuales en promedio). Sus suelos, pobres en nutrientes, son muy ricos en sales y retienen poca agua, por lo que ésta se filtra rápidamente. ¿De dónde salen los cuerpos de agua que caracterizan a este sitio? ¿Cómo es que en este valle viven muchas especies animales y vegetales que necesitan mucha agua? ¿Qué pasa ahí?

Una antigua historia actual 

Esta zona tiene una historia muy singular. Se ubica en una región que originalmente fue marina y costera, en los remotos tiempos en los que los continentes formaban una sola masa de tierra (Pangea), alrededor del mar de Panthalassa, que existió hace alrededor de 150 millones de años. La actual zona de Cuatrociénegas era, en ese entonces, un mar somero. 

02Pisanty     Actualmente, el valle de Cuatrociénegas alberga una gran variedad de ecosistemas (Figura 2) como matorrales espinosos con mezquites, cactus y ocotillos, pastizales halófilos dominados por pastos que crecen en suelos con altas concentraciones de sales, matorrales rosetófilos en donde crece una planta con hojas rígidas y espinosas conocida como sotol–, y dunas de yeso, blancas a más no poder, con especies tolerantes a este material (véase un ejemplo en  Hecho en casa: nada tiene sentido en la genética de poblaciones si no es a la luz de la ecología ). También hay hermosas pozas y lagunas de aguas cristalinas, que son parte de sistemas acuáticos que interrumpen la aridez y son determinantes para la vida en el valle. Las altas montañas, que albergan bosques templados poblados por animales como pumas, venados y osos negros también son una parte muy importante de este sistema.

El agua en Cuatrociénegas 

Los sistemas hidrológicos característicos de Cuatrociénegas son complejos e involucran el flujo subterráneo y la presencia de cuerpos superficiales de agua como pozas, manantiales, arroyos (como el Río Churince), un río (Mezquites) y dos lagunas terminales o de desecación (Playitas y Laguna Grande o del Churince). Estos singulares cuerpos de agua, ricos en sales pero muy pobres en fósforo, han sido una parte determinante de la historia física y biológica del valle y de las zonas circundantes, así como de la de los asentamientos humanos. Algunos manantiales y pozas, como La Becerra, tienen siempre temperaturas relativamente altas, tanto en el verano, cuando la temperatura del aire llega a 50º C, como en el crudo invierno, cuando la temperatura del aire puede ser de 0º C. Estos cuerpos de agua no dependen únicamente de la lluvia, sino que son alimentadas por aguas subterráneas profundas que regulan y soportan muchas de las funciones ecosistémicas y afectan al funcionamiento ecológico integral del valle. Adicionalmente, en estos cuerpos de agua se encuentran estromatolitos, que son comunidades de bacterias que aparecieron en la tierra hace unos 3,500 millones de años (Ver Hecho en casa: investigaciones de frontera. ¿qué son los estromatolitos?). La mayoría de los estromatolitos que conocemos son fósiles, pero unos cuantos todavía se siguen formando en algunos lugares de nuestro planeta que podrían tener condiciones semejantes a aquéllas en las que la vida se inició. Por esta razón, muchas instancias, como la NASA y otras dependencias de nuestra universidad, han estado involucradas en estudiar y preservar a Cuatrociénegas.

     Dado que el Chihuahuense es el más árido de nuestros desiertos, es evidente que la presencia de agua en este sitio es de gran relevancia. Eso lo perciben las especies migratorias que pasan por ahí, como las mariposas monarca y varias aves. No es difícil imaginar lo bien que les cae a estos animales encontrar agua y refugio cuando están cruzando el desierto en su viaje hacia el sur. 

     El valle de Cuatrociénegas alberga también alrededor de 70 especies endémicas de plantas y animales, es decir, especies que no habitan en ningún otro lugar del planeta. Todas estas características se sumaron para que este sitio fuera declarado Área Natural Protegida en la categoría de Área Especial de Protección de Flora y Fauna, el 7 de noviembre de 1994.

¡Vivir en el agua, vivir en el desierto! 

En Cuatrociénegas se encuentran tanto plantas acuáticas, que viven en los cuerpos de agua, como hidrófilas, que requieren mucha agua y que al establecerse en sus bordes marcan el paisaje, lo que hace fácilmente distinguible la presencia de agua con sólo detectarlas a lo lejos. Estas plantas crecen en zonas frecuentemente inundadas. Sus raíces se encuentran en condiciones muy húmedas, pobres en oxígeno y con alta salinidad, mientras que sus hojas y tallos están expuestos a temperaturas extremas, intensa irradiación solar y fuertes vientos. Esto explica que sean pocas las especies que aquí habitan, a pesar de contar con la presencia de agua en medio del desierto.

Pero… el drama de la alfalfa en el desierto 

La vida en los desiertos sigue puntualmente al agua. La subsistencia humana en estas zonas es difícil, lo que ha llevado a la búsqueda de actividades que puedan resultar económicamente redituables. La región de Cuatrociénegas no es una excepción y la presencia de los cuerpos superficiales y subterráneos de agua permitió durante muchos años el desarrollo próspero del municipio denominado Cuatrociénegas de Carranza. 

     Sin embargo, las malas prácticas ambientales en el manejo del agua, como la construcción de canales abiertos —en los que la evaporación de agua es muy alta— y el uso de técnicas ineficientes de riego, han puesto en riesgo al valle de Cuatrociénegas y sus maravillas naturales. Desde hace años se emplean grandes cantidades de agua para producir alfalfa, que se ha convertido en el único cultivo comercialmente atractivo gracias a la alta demanda de grandes compañías lecheras, que la usan para alimentar a sus vacas. La introducción de la alfalfa en la región de Cuatrociénegas se explica tanto por su tolerancia a la salinidad como porque se cree que hay agua suficiente para regarla, a pesar de lo limitante que ésta es para la vida del desierto. Cuando se trata de dinero, nadie se pregunta sobre el origen del agua ni si acaso es un recurso limitado.

      La producción de alfalfa en un desierto como del de Cuatrociénegas tiene un impacto ecológico muy negativo, pues para establecer los cultivos es necesario arrasar con la vegetación original, con la consecuente eliminación de la cobertura vegetal, la pérdida de especies y la alteración del suelo (el riego de la alfalfa consiste en anegar el suelo, algo que no sucede en ningún desierto del mundo). Por si fuera poco, esto se ha hecho frecuentemente de forma ilegal, sin las autorizaciones requeridas por la legislación ambiental. 

     El resultado de la producción de alfalfa en este desierto es que toda el agua subterránea de la región está sobreexplotada y, consecuentemente, los sistemas hidrológicos del valle de Cuatrociénegas están profundamente perturbados, al grado de que unos ya se han secado y otros se encuentran en un rápido proceso de desecación. La precipitación infiltrada por las montañas hasta la parte baja de la cuenca no alcanza para recargar el acuífero de Cuatrociénegas con los 200 mm de agua que llueven al año en la zona, lo que recalca la importancia de los sistemas de agua subterránea para el mantenimiento del equilibrio hídrico. 

El dramático y triste ocaso del bello Churince y la desalmada explotación del agua 

03PisantyUno de los sistemas hidrológicos más afectados por la sobreexplotación del agua del valle de Cuatrociénegas es el sistema acuático del Churince (Figura 3), que se está secando a gran velocidad, debido a que al perderse la fuerza del flujo del manantial que nutre al sistema, ubicado en la poza Churince, el agua del río dejó de llegar a la laguna y ésta se secó. El proceso continúa, y causa la pérdida progresiva del sistema de la parte terminal (Laguna Churince) hacia la inicial (poza Churince). La desecación ya alcanzó a la Laguna Intermedia y ha causado ya la muerte de estromatolitos, peces, tortugas y caracoles, incluyendo a los endémicos. 

     Adicionalmente, las plantas ribereñas del sistema Churince han desaparecido de los bordes de las lagunas y el río. Si el teléfono celular volviera a sonar hoy, de nuevo no nos creerían nada y nos dirían que no es posible que se haya hecho un daño tan grande en tan poco tiempo. Tristemente, esta vez también estarían equivocados. 

04Pisanty     En el lado sur del arroyo, donde se encuentra una planicie que estaba ocupada por uno de los pastos que en la región es llamado  “zacate salado” (Distichlis spicata), se ha filtrado el agua del río a nivel sub-superficial. Como resultado, los suelos han perdido cohesión y se han formado alrededor de 200 hundimientos, que son conocidos localmente como “abras. La planicie que se extendía desde la ribera del río quedó llena de agujeros, como un gran trozo de queso gruyere de cerca de 500 m2  (Figura 4).

     Mientras hubo algo de agua en el arroyo Río Churince —hasta fines de 2011—, muchas de las abras tenían agua en el fondo, aunque el nivel variara estacionalmente. Así, en medio de una planicie con un pastizal ralo, aparecieron unos microambientes relativamente bien delimitados, en los que había agua —o cuando menos humedad— y sombra, con los cambios de temperatura amortiguados. Las abras ofrecen, de cierta manera, las condiciones que las plantas ribereñas requieren, por lo que son colonizadas por las mismas especies que se establecen en las riberas en condiciones normales. Para muchas de estas especies las abras representan un verdadero refugio, dado que su hábitat original desaparece al perderse el agua del río. Ahí germinan y se establecen, y forman manchones de plantas que se distinguen a simple vista desde lejos. 

05Pisanty     Durante 10 años, hemos documentado la formación de las abras y su dinámica, es decir, cuántas de los hundimientos formados permanecían abiertos, cuántos nuevos se formaban y cuántos se cerraban y, de éstos, cuántos se podían volver a abrir. A través de registros periódicos, pudimos constatar que el conjunto de abras es muy dinámico, porque se forman abras nuevas pero también se cierran otras pre-existentes, además de que unas crecen o se hacen cada vez más profundas, mientras que otras disminuyen en tamaño y profundidad, a veces hasta el punto de cerrarse para siempre. También registramos qué plantas colonizaban estos hundimientos y cuántas y cuáles se establecían en ellas. De esta manera, pudimos registrar el recambio de especies en estos ambientes casi discretos y fácilmente distinguibles no sólo por ser depresiones en el suelo sino porque en ellos se formaban manchones de especies que antes sólo se encontraban en la ribera de los cuerpos de agua. Así, resultó evidente que, conforme el arroyo perdía agua y ésta fluía a nivel sub-superficial, las abras se formaban rápidamente y se llenaban de plantas de diferentes especies, pero todas demandantes de agua. Al secarse el arroyo, el flujo de agua se detuvo, y las abras se fueron secando, de modo que las especies que en ellas se habían instalado cuando tenían agua en el fondo se fueron muriendo y otras especies menos hidrófilas las fueron sustituyendo. Conforme el arroyo se fue secando, las abras también perdieron su agua y, poco a poco, su humedad. Si la presencia de abras con agua era una noticia muy mala, el hecho de que ya no haya agua en ellas es mucho peor, pues se debe a que esta parte del arroyo ya se secó (Figura 5). A lo largo del tiempo se han abierto muchas abras, pero también muchas se han cerrado por la posterior acumulación de partículas del suelo que los vientos arrastran y depositan en ellas. Cuando las abras ya están secas, la arena se acumula hasta cerrarlas, aunque donde había un abra permanece la vegetación ribereña por un tiempo. Al no haber agua fluyendo por debajo de la superficie del suelo, las abras dejan paulatinamente de formarse, y es de esperarse que con el tiempo muchas se cierren y la vegetación ribereña que se estableció en ellas desaparezca. 

     La aparición rápida de numerosas abras debe considerarse como una alarma temprana de un comportamiento anómalo del agua. El hecho de que las plantas hidrófilas, que necesitan mucha agua, se encuentren en las abras y algunas incluso en la planicie, indica que hay agua donde antes no la había. Estas plantas llegan ahí a través de la dispersión de sus pequeñas semillas. En el remoto caso de que el sistema Churince lograra recuperarse, las plantas podrían re-colonizar las riberas desde las abras pues los sistemas naturales tienen una cierta resiliencia, es decir, pueden volver a su estado inicial —o en su defecto a uno intermedio— después de un disturbio natural o antropogénico. Para que esto suceda, el sistema hídrico subterráneo debe recuperarse, y para ello se necesita dejar de explotar el acuífero de la forma en que se ha hecho hasta ahora. Desde luego, tiene que haber condiciones específicas, que inician con que se recupere el agua, para recuperar los ecosistemas de esta parte del valle de Cuatrociénegas. En el sistema Churince, todo parece indicar que la resiliencia requiere de inteligencia, paciencia y mucha voluntad politica para se pueda recuperar un sistema extraordinario y de gran importancia.

¿No habrá final feliz? 

En el desierto no hay un sistema de recuperación real del agua, porque la evaporación es mayor que la precipitación. En pocas palabras, no hay vuelta de hoja. El agua de los manantiales de Cuatrociénegas es mayoritariamente fósil, es un legado de un pasado más húmedo. Si se extrae esta agua, se ha perdido para siempre para este ecosistema.

     El agua de Cuatrociénegas ya no alcanza para el riego de un número creciente de campos de alfalfa, y su uso no sustentable lleva a su pérdida irreversible, lo que tiene un elevado costo que perjudica a los ecosistemas y a las personas que habitan en la región. Es decir, no hay ganador: todo mundo pierde.

     A nivel regional, la falta de estrategias sustentables ha implicado que los habitantes tengan un acceso cada vez más limitado al agua. La pérdida del agua y de los servicios ecosistémicos ya afecta seriamente a los pobladores que conocieron la riqueza de la zona y que hoy ven cómo se va perdiendo a grandes pasos.

     Desafortunadamente, la pobreza es omnipresente y el espejismo de la generación de empleos agrícolas ha contribuido a generar este desastre. La pérdida de agua promete que las condiciones ecológicas y sociales en la región se degradarán rápida y notablemente debido a que los intereses económicos puntuales y a corto plazo han tenido más peso que la visión al futuro de toda una región. Para que haya un final feliz es imprescindible dejar de regalarle el agua a la alfalfa y devolvérsela al valle. Si le dijéramos esto a alguien preocupado que nos llamara por teléfono, esta vez ya no dudaría en creernos. 

Agradecimientos

Este proyecto fue finaniciado por la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la UNAM (PAPIIT IN217915 e IN217915). Agradecemos el apoyo de la Dirección del Área Natural Protegida de Cuatrociénegas (CONANP) y de la Facultad de Ciencias, UNAM, así como de todos quienes han participado en el trabajo de campo. 

Para saber más

  • Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). 48. Cuatro Ciénegas. Consultado el 17 de octubre de 2017.
  • Pisanty I., Pérez y Sosa, M.C. y Gálvez, G. 2013. Agriculture, Water Mismanagement and Ecosystem Transformations in the Cuatrociénegas Valley in the Chihuahuan Desert, Mexico. In: Schwabe K, Albaic J, Connor JD, Hassan RM, Meza L (eds) Drought in Arid and Semi-Arid Regions, A multi-Disciplinary and Cross-Country Perspective. Springer, Holland, pp 199-216.
  • Pisanty I, Rodríguez-Sánchez M. 2017. Amenazas a la biodiversidad en Cuatro Ciénegas. EN La biodiversidad de Coahuila. Estudio de Estado. Vol. I CONABIO/Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, México, pp 485-498.
  • Secretaria del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT). 1999. Programa de manejo del área de protección de flora y fauna Cuatrociénegas, México. Instituto Nacional de Ecología. Distrito Federal, México.
  • Souza, V., Escalante A.E., Espinoza L., Valera A., Cruz A., Eguiarte E., Pichel F.G., Elser J. 2004. Cuatro Ciénegas un laboratorio natural de astrobiología. Revista Ciencias 75: 4-12. Universidad Nacional Autónoma de México. Distrito Federal, México.