Luis Lemus

El célebre ajedrecista norteamericano, Bobby Fischer, dijo una vez (palabras más, palabras menos) que “se cree que hay un número infinito de soluciones para una jugada; sin embargo, existe sólo una correcta”. Pero, tanto en este deporte-ciencia como en la ciencia en general, encontrar la jugada o respuesta correcta a un fenómeno natural no es nada sencillo. Por eso, una buena aproximación consiste en elegir la respuesta que se explique mediante menos variables. Esto es porque las variables implicadas se afectan entre sí. Las interacciones podrían ser infinitas, y por lo tanto, el fenómeno sería demasiado complejo como para entenderse. En otras palabras, sólo es posible estudiar el universo a partir de la observación de una o muy pocas variables a la vez.

     En el pasado, los fenómenos naturales se explicaban de manera compleja y con una fuerte dosis de imaginación (eran “ruidosos”) porque se carecía de métodos para definirlos utilizando las variables apropiadas y, posteriormente, desarrollando modelos. Las explicaciones eran inexactas y solo aparentes. Eran sublimes, es decir, apenas debajo del límite o umbral: como describir a un objeto sumergido en limo que se aprecia sólo de manera vaga. Por ejemplo, Aristóteles pensaba que los seres animados se diferenciaban de los inanimados porque contenían algo que se perdía al morir: el alma —antes ya definida por su mentor, Platón—. De modo que ese algo, invisible, alcanzaba su máximo refinamiento en los seres humanos  —para colmo, pensaba que las mujeres tenían una versión deformada del alma de los varones—. Dos mil trescientos años después, muchas ideas equivocadas, como la del alma, desgraciadamente no han sido superadas del todo. Irónicamente, dentro de la compilación de libros aristotélicos conocido como el Órganon, Aristóteles mismo refiere a la idea griega de “no multiplicar entes sin necesidad. Así, al definir a los seres animados a partir de algo que se pierde al morir, Aristóteles se vio en la necesidad de agregarles alma en lugar de explicarlos usando sólo los elementos físicos conocidos. 

     Para el año 1600 d. A. (después de Aristóteles), el filósofo y fraile franciscano de origen inglés, Guillermo de Ockham, se ganó la excomunión por rasurar con su navaja las barbas de Platón —metafóricamente, claro—, afirmando que era indispensable desechar las entidades que sean innecesarias para una explicación. A ese sistema de desecho, Bertrand Russell lo definió más tarde como el principio de parsimonia. La idea es que cuando existan dos o más explicaciones de un problema, la más probable será la más simple.

     Sin embargo, en temas como la biología, hallar la respuesta más parsimoniosa es particularmente complicado. Cuando Darwin comenzó sus observaciones del mundo natural, hubo que esperar veinte años para que escribiera sus resultados. Hoy, cualquiera que se tomara ese tiempo perdería el SNI ¡como mínimo! Afortunadamente, el tiempo que usó Darwin era el necesario para producir uno de los libros más revolucionarios de la historia —o mejor dicho evolucionarios—:.El origen de las especies Con él,  expurgó de entes innecesarios a la ciencia y daba al traste con prejuicios milenarios. Pero lo más importante fue que tuvimos por fin una ruta para encontrar las respuestas correctas a fenómenos con múltiples variables o multivariados.

      Ya con las herramientas conceptuales a la mano, Darwin escribió otro genial libro: La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. A lo largo de sus páginas analiza a profundidad las emociones, intentando definirlas y acotarlas. Su tesis, por supuesto, era que las emociones humanas contenían elementos puramente biológicos compartidos por otros animales. Por lo tanto, necesariamente debieron evolucionar de ancestros comunes. Con este enfoque, Darwin no sólo  disecaba uno de los problemas más complejos para el entendimiento humano, sino que además logró romper sus ataduras metafísicas. 

     Desgraciadamente, el ejercicio aún no ha permeado del todo. En neurobiología —que es el caso que mejor conozco—, siguen vivas muchas entelequias que explican a los fenómenos perceptuales. Entre ellos destacan no sólo las emociones, sino también fenómenos como la conciencia. Pero en los siguientes párrafos discutiré solamente un poco acerca de las emociones. Considero que las explicaciones en torno al tema suelen poseer entes innecesarios. Específicamente, el problema radica en pensar que cada emoción comprende un circuito neuronal propio. Sin embargo, en mi opinión las emociones bien pueden explicarse a partir de un mecanismo general y más simple: más parsimonioso.

Emociones en los animales 

Las emociones son experiencias subjetivas que, sin embargo, deben encajar en un esquema global de adaptación en todos los animales. Pero si ya de por sí es complicado estudiar las experiencias subjetivas en humanos, imagínense en animales.

     Para que un animal se adapte exitosamente a su ambiente, debe producir conductas congruentes con las contingencias del entorno. Debe saber cuándo correr, cuándo atacar o cuando esconderse. Pero, antes que nada, debe saber establecer prioridades. Para ello, requiere de un sistema que perciba los cambios fisiológicos que le ocurren a cada instante y que produzca las reacciones que mejor procuren su homeostasis. Además, dicho sistema debe calificar y recordar el resultado. La calificación será de gran utilidad para comparar eventos posteriores. Este sistema se trata precisamente de las emociones.

01LemusEl proceso con el que se genera una emoción comienza con una alteración fisiológica que es registrada por el hipotálamo. La alteración puede ser derivada o ser el resultado de cambios hormonales, metabólicos o incluso de eventos sensoriales prominentes. Sus consecuencias son, por ejemplo, cambios del ritmo cardíaco, sudoración, variaciones en la temperatura, peristalsis (contracciones de órganos como los intestinos), contracción pulmonar, etcétera. Una vez producido un cambio fisiológico, el hipotálamo activa el sistema nervioso autónomo para que procure la homeostasis. El sistema autónomo, comprendido por los sistemas simpático y parasimpático, coordina la actividad de los órganos internos mediante circuitos neuronales que van de las vísceras a la médula espinal y luego al tallo cerebral. Así, ubicado al final del circuito, el tallo cerebral produce las respuestas estereotipadas y automáticas pertinentes. Estas respuestas son conocidas como respuestas primarias. Son cuatro y se observan en todos los animales. Se pueden recordar mnemotécnicamente porque comienzan con la letra c: correr, congelarse, combatir y... tener sexo. (Como dato curioso, en inglés comienzan con la letra f.) 

     Las respuestas primarias también pueden ser moduladas y caracterizadas por diversas áreas cerebrales. Todo el proceso se puede ilustrar de la siguiente manera. Supongamos que, al caminar por la calle, de pronto te encuentras con un perro ladrando. Este evento provoca un desajuste homeostático: tu hipotálamo registra el evento y envía señales a las glándulas suprarrenales para que liberen cortisol. El cortisol induce incrementos de glucosa y ácidos grasos en la sangre, que son fuentes de energía, de manera que, ante el perro, tu sistema nervioso autónomo incrementa el ritmo cardíaco, la presión arterial y la frecuencia respiratoria, al tiempo que paraliza movimientos estomacales e intestinales, entre otros. Al cabo de una décima de segundo has adquirido una mayor capacidad para correr o para combatirlo. La amígdala es otra estructura cerebral que se enciende y mantiene el proceso activo. Mientras tanto, tus sistemas sensoriales y la corteza insular cotejan información del estímulo y del estado general del cuerpo. El resultado lo analiza tu corteza orbitofrontal, quien decide si la amígdala debe permanecer activa o no. Además, tanto la corteza orbitofrontal como la ínsula se comunican con la corteza cingulada, quien se encarga de asignarle magnitud al evento y produce una percepción de agrado o desagrado, dependiendo del estado homeostático actual. Cuando el desbalance homeostático es grande, como cuando se han pasado muchas horas sin dormir o sin comer, el gasto energético para compensarlo es mayor, por lo que la corteza cingulada califica al evento como de mayor relevancia. Además, la corteza cingulada envía información al hipocampo y a las cortezas del lenguaje. Estas regiones comparan al perro con eventos previamente aprendidos y lo clasifican. Así, tan sólo un tercio de segundo despúes del ladrido, se produce la emoción de miedo, la reacción corporal es grande y te hace exclamar “¡ay, nanita!”.

Emociones en humanos 

Con los sueños ocurre algo similar. Son historias cortas de las que nos percatamos al despertar; sólo así podemos recordarlos. De igual modo, las emociones son experiencias subjetivas que emergen al nombrar el valor de un cambio homeostático, por ejemplo, a la falta de glucosa en sangre le llamamos hambre, pero,  dependiendo del contexto, a esa emoción la percibimos como tristeza o como enojo. En los humanos, resulta interesante observar que en la medida que nuestro lenguaje se incrementa, igualmente aumenta el número de emociones percibidas. En consecuencia, si nuestra capacidad de nombrar sensaciones se ve afectada, entonces también se verá afectada nuestra capacidad de percibirlas. De hecho, pacientes con afasia de Wernicke, es decir, con lesiones del área cortical que almacena información semántica, pierden la capacidad de comprender el significado de las palabras habladas, pero además suelen mostrar fuera de todo contexto y sin razón aparente euforia, ansiedad, paranoia, etcétera. 

      Definir de manera precisa emociones como la empatía, el amor, el odio, los celos, la alegría, la tristeza, el sentimiento de justicia, entre muchas otras, ha sido históricamente un asunto más cercano a la filosofía que a la biología. Seguramente porque son, principalmente, descripciones subjetivas y retóricas de nuestros sentimientos; sentimientos que nuestro cerebro registra pero que son esculpidos por nuestras relaciones sociales. En contraste, emociones como el hambre, la sed, la ira o el miedo, parecen ser un poco más objetivas y, por lo tanto, universales. Probablemente es porque se tratan de sensaciones extremas, sensaciones que acotan y dan una escala a nuestras emociones aprendidas.

Definir las emociones 

En síntesis, las emociones ocurren al contextualizar la magnitud de una sensación y ponerles un nombre. Por ejemplo, la sensación de vacío en el estómago puede ser hambre o puede ser angustia; misma sensación, distinta emoción. Tanto el hambre como la angustia son expresiones de desbalances homeostáticos que requieren atención inmediata. La falta de nutrientes produce hambre, pero previamente provocó la necesidad de correr, combatir, o congelarse, y quizás también produce el deseo de tener sexo. El impulso a buscar alimento puede no ser inmediato; sin embargo, la magnitud del hambre definitivamente modula de inmediato la conducta. 

     Una emoción aún más abstracta, por ejemplo, la gratitud, quizás posea el mismo valor homeostático que la angustia, la ansiedad, el miedo o el hambre. ¿Suena raro? La alternativa es que sea una emoción exclusivamente humana. Una emoción con sus propios y únicos circuitos cerebrales. Pero resulta curioso que los niños no nacen con esa emoción; ¡hay que enseñarles a agradecer! Los reyes tal vez ni siquiera perciban esa emoción porque no tienen nada que temer. No necesitan sentir angustia, ni miedo, ni ansiedad por no agradecerle a los plebeyos. A nosotros, en cambio, se nos enseña a agradecer y que si no lo hacemos habrá represalias, que pueden llegar al extremo de la alienación social. Por eso nuestras madres nos obligan a agradecer a punta de chanclazos. Nos lo enseñan porque es de vida o muerte. Entonces, si el agradecimiento es aprendido, no existe un circuito per se del agradecimiento. Ni del amor, ni de la justicia, ni de la empatía…

     En definitiva, sospecho que si tratáramos de poner más atención a la manera en que las emociones se correlacionan con procesos homeostáticos, entonces sería posible entenderlas como un continuo fisiológico. Se reducirían entidades y circuitos innecesarios para explicarlas. Lo que quedaría por descubrir sería la manera con la que los circuitos neuronales representan palabras y enunciados. Por ejemplo, en mi laboratorio del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, investigamos la manera con la que los sonidos son integrados en circuitos neuronales que participan en el reconocimiento semántico. En otras palabras, circuitos que representan palabras, que al concatenarse forman enunciados o historias que caracterizan funcionalmente a los sentimientos previamente percibidos. La idea es que cuando se activan circuitos neuronales que dan significado a los distintos estados del cuerpo, se perciben las emociones. Sin embargo, aún queda un largo camino experimental para poner a prueba estas nociones. Por lo pronto, como hizo Guillermo de Ockham, habrá que sacarle más filo a la navaja porque Platón sigue teniendo la barba muy larga.

Para saber más

  • Darwin, C. 2004. On the origin of species, 1859. Routledge. 
  • Darwin, C., y P. Prodger1998. The expression of the emotions in man and animals. Oxford University Press, EUA.
  • Mlodinow, L. 2016. The upright thinkers: The human journey from living in trees to understanding the cosmos. Vintage. 
  • Pinker, S. 1999. How the mind works. Annals of the New York Academy of Sciences, 8821: 119-127.
  • Sagan, C. 2011. The demon-haunted world: Science as a candle in the dark. Ballantine Books. (en español: El Mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad de editorial Crítica).