…y en el verano y el otoño y el invierno

Constantino Macías García y Clementina Equihua Z.

En septiembre de 1962, la bióloga marina Rachel Carson publicó el libro La primavera silenciosa. Su dramático mensaje, que el uso extendido de pesticidas —particularmente insecticidas como el DDT— estaba acabando con muchas especies de aves y otros organismos diferentes a los insectos, produjo finalmente un avance notable en la concientización ambiental en todo el mundo. No sorprende la elección del título. Carson ya había empezado a trabajar en el libro cuando, en 1958, una amiga publicó una carta en el Boston Herald, quejándose de la ausencia de pájaros en su propiedad, debida al rociado excesivo de insecticidas para matar mosquitos.

AvesUrbanas01     En los Estados Unidos, como en muchos países europeos, la apreciación de la naturaleza tiene una de sus más fuertes manifestaciones en la observación de las aves. Los naturalistas en esos países celebran cada año el regreso de las aves migratorias y de sus cantos matutinos. Para ellos resultó particularmente chocante la idea de enfrentar un futuro de primaveras silenciosas. Tras superar la brutal resistencia de la industria y de no pocos productores de alimentos, se abandonó gradualmente el uso del DDT en favor de insecticidas presumiblemente menos dañinos para el ambiente, o, por lo menos, con una persistencia mucho menor en el ambiente. Los pájaros podrían seguir cantando ¿O no…?

     Las aves siguen enfrentando en todo el mundo los efectos de los pesticidas, que también causan la reducción de las poblaciones de insectos. Ésta es, tal vez, la más preocupante de las extinciones masivas del llamado Antropoceno (ver el número 15 de Oikos=, México en el Antropoceno). La pérdida de poblaciones de insectos, además de privarnos de muchos de los llamados “servicios ambientales”, como la polinización, conlleva también la extinción de los animales que los consumen, incluyendo numerosas especies de pájaros.

     Las poblaciones de animales silvestres también enfrentan otros efectos ambientales debidos a la actividad humana. La Organización de las Naciones Unidas estima que, para 2030, alrededor del 60% de la población mundial vivirá en ciudades. Esto implica que las urbes se extenderán cambiando por siempre los ecosistemas sobre los que se desarrollen. Las profundas modificaciones que conlleva desarrollar una ciudad alteran en forma irreversible las condiciones en las cuales evolucionaron los animales y plantas locales. Algunos organismos morirán, otros se moverán hacia sitios menos perturbados, pero otros más, entre los que hay muchas especies de aves, son capaces de adaptarse a las nuevas condiciones ambientales que surgen dentro de cada ciudad.

     Los nuevos ecosistemas de las urbes, como los jardines, parques y otros espacios verdes, se convierten en hábitats que diversos organismos utilizan para reproducirse o para buscar alimento. Las aves tienen la ventaja de que al volar pueden superar muchas de las barreras físicas que impedirían a otros organismos colonizar las ciudades, y les permite, también, moverse entre sus sitios de alimentación —lagos y humedales— y los de descanso —parques arbolados— diariamente. Un ejemplo son las garzas que habitan en la Ciudad de México.

     Un atributo que podría determinar cuáles especies de aves serán capaces de colonizar las ciudades y cuáles no es su tolerancia a los humanos y a otros posibles depredadores. Mientras más se tarde un pájaro en volar cuando se le aproxima un humano, más tiempo tendrá disponible para seguir comiendo migajas o cualquier otra cosa. Por ello, mientras más corta sea la distancia de escape, más probable es que una especie de ave se quede en la ciudad. Pero los pájaros tienen que hacer otras cosas eficientemente si han de lograr establecerse en un sitio; tienen que encontrar pareja, un sitio de anidación, construir su nido y criar a sus pollitos. En el Laboratorio de Conducta Animal del Instituto de Ecología de la UNAM se ha trabajado durante varios años con aves de la Ciudad de México para entender cómo éstas solucionan algunos de esos retos. En particular, se ha estudiado el efecto del ruido urbano en la comunicación de las aves y el uso de materiales urbanos en la construcción de nidos.

Cantando en una ciudad ruidosa

En 2015, en el número 15 de Oikos=, Eira Bermúdez Cuamatzin nos informó que los gorriones mexicanos (Haemorhous mexicanus, antes género Carpodacus) ajustan sus vocalizaciones dependiendo de la cantidad de ruido urbano de la Ciudad de México, lo que coincide con el comportamiento de otras especies de aves canoras (paserinas) en ciudades de distintas partes del mundo. Esos gorriones pertenecen al grupo de pájaros llamados oscinos (un suborden de los paseriformes).

     Los oscinos normalmente nacen con la tendencia a emitir algo parecido al canto propio de cada especie, y ese canto “cristaliza”, o se consolida, luego de que se exponen al canto de aves adultas. Algunas especies de oscinos siguen incorporando nuevas notas a su canto toda la vida, haciéndolo más complejo. El suborden hermano, los suboscinos, está compuesto por especies de pájaros cuyo canto apenas se modifica un poco durante toda su vida. Se trata de cantos muy sencillos y que, cuando mucho, varían, dentro de una especie y población, en detalles como el número de notas que repiten en un segmento.

     Dado que la plasticidad vocal de los oscinos es muy superior a la de los suboscinos, el grupo de trabajo del primer autor estudió, junto con colaboradores españoles, si esta diferencia lleva a los oscinos a predominar en las ciudades de aquellos países donde también se encuentran los suboscinos —que habitan mayoritariamente en las regiones tropicales y subtropicales de América. Para ello midieron varios atributos de los cantos de oscinos y suboscinos en ciudades brasileñas y en la Ciudad de México, y encontraron que, en efecto, el canto de los oscinos está mejor ajustado a las condiciones de ruido en las ciudades que el de los suboscinos. El canto de estos últimos en las ciudades parece un poco adaptado en cuanto a su duración —algo que el mismo grupo de trabajo verificó en una especie, el cardenalito (Pyrocephalus rubinus)— y frecuencia, pero el efecto es pequeño y podría deberse, en parte, a la selección natural. En cambio, parece que los oscinos ajustan su canto gracias a su plasticidad vocal, lo que podría hacerlos mejores colonizadores de las ciudades.

     La capacidad de las aves para ajustar su comunicación en ambientes ruidosos influye en su adaptación al ambiente y determina la composición de las comunidades de aves de nuestros parques. Por ejemplo, el mismo grupo de trabajo, también en colaboración con colegas de España, encontró que las aves que viven cerca de aeropuertos adelantan su canto del amanecer (dawn chorus) para escapar del ruido de los aviones al despegar y aterrizar, puesto que el pico de actividad de vuelos coincide con el horario del canto. Esto podría tener consecuencias negativas para algunas especies, ya que modifica sus horarios de reposo y vigilia. Más recientemente, estudiando la distribución de especies de aves en la reserva del Pedregal (REPSA), Lucía Manzanares, estudiante del Dr. Constantino Macías, encontró que la probabilidad de detectar especies de aves decrece al aumentar la cantidad de ruido. En este estudio, publicado recientemente en la revista Journal of Urban Ecology con el título Songbird Community Structure Changes with Noise in An Urban Reserve, los autores explican que, dado que se usaron métodos visuales y grabaciones, se comprobó que este decremento no se debe al enmascaramiento de sus vocalizaciones, sino a que no hay aves. Ello indica que, mientras más ruidosos sean nuestros parques, menos especies de aves viven en ellos. Estudios en otras partes del mundo han demostrado que si un ave tiene un pobre desempeño vocal y vive en zonas urbanas con mucho ruido tiene menos oportunidades de aparearse y más dificultades para defender su territorio.

¿Y de qué hago mi nido en la ciudad?

Como mencionamos, las aves en las ciudades tienen dificultades adicionales para encontrar pareja y defender un territorio, debido a que el ruido interfiere con sus cantos. Además, una vez que consiguen pareja y se aparean deben enfrentar nuevos retos, como encontrar sitios adecuados para anidar y materiales para elaborar su nido.

AvesUrbanas02     El material con el que esté construido cada nido es muy importante para el éxito de la nidada, y varía dependiendo de muchos factores. Sin embargo, se ha observado que diferentes especies de un mismo género seleccionan de manera similar los materiales de construcción. Una característica muy interesante en las aves es que se basan en la experiencia previa para decidir qué usarán para construir su nido, es decir, pueden probar si un material es mejor para su nidada que otro y harán mejoras conforme pase el tiempo; adquieren experiencia.

     En la naturaleza, las aves construyen sus nidos con muchos materiales vegetales que le proporcionan soporte y estructura, así como las condiciones térmicas y de humedad apropiadas para la crianza exitosa de sus polluelos. También se ha observado que utilizan materiales vegetales repelentes que juegan un papel importante en el control de los ectoparásitos que pueden afectar a los adultos y a los pollos, ya sea directamente o al transmitirles enfermedades.

     Dentro de una urbe no es tan fácil encontrar este tipo de materiales, pero las aves pueden llegar a encontrar las condiciones adecuadas para establecerse. Por ejemplo, pueden aprovechar las áreas verdes para alimentarse, anidar en edificios (o en otras estructuras) en lugar de en árboles, y utilizar materiales hechos por el hombre para construir sus nidos. Así, aunque hay menos opciones para seleccionar plantas con cualidades repelentes, las aves aprovechan un nuevo recurso: la basura. Es en la basura en donde las aves urbanas encuentran una fuente de materiales inimaginables para la construcción de sus nidos.

¿Colillas de cigarro en mi nido?

Por muchos años se han acumulado reportes más o menos formales sobre los diferentes materiales de origen industrial que usan las aves urbanas (y también las rurales) para construir sus nidos. Por ejemplo, es común ver que, en la naturaleza, la parte más central del nido, donde se depositan los huevos y yacen los pollitos, suele estar forrada con plumas y pelos de animales silvestres, pero los pájaros de las ciudades con frecuencia usan hilo, tiras de algodón, cabellos humanos, trozos de tela e incluso plástico.

     Hace años, en el Laboratorio de Conducta Animal se formuló la pregunta de si usar hilo de nylon sería peligroso para los pájaros que anidan, ya que puede enredarse en sus patas o alas y no se degrada, lo que podría conducir al estrangulamiento de los dedos o, en el peor caso, del pescuezo de los pájaros. Sin embargo, al estudiar unos cuantos nidos de pinzón mexicano (Haemorhous mexicanus) y de gorrión europeo (Passer domesticus) que se colectaron en Ciudad Universitaria al final de la temporada reproductiva, se encontró que estaban construidos, en buena medida, con las fibras de algodón de los filtros de cigarro que decenas de fumadores tiran; las llamadas “colillas”.

     Las colillas de cigarros son el producto más común y conocido de la basura. El proyecto Cigarette Butt Pollution Project estima que se consumen alrededor de 5.5 trillones de cigarros al año en todo el mundo, y, de estos, unos 4.95 trillones tienen filtros que pueden terminar en cualquier lugar: en las calles, en las playas, en los jardines, y un largo etcétera. Los millones de consumidores de cigarros no se percatan de que este pequeño desecho es un producto tóxico del cual emanan compuestos que dañan a los ecosistemas, a la flora y fauna y a la gente que entra en contacto con ellos.

     Al observar que los pinzones mexicanos y europeos utilizan colillas de cigarros para sus nidos, se plantearon muchas preguntas en el laboratorio. Es por eso que en los últimos años se han llevado a cabo diversas investigaciones para entender qué consecuencias tiene para las aves el seleccionar las colillas de cigarro para recubrir sus nidos.

     Monserrat Suárez Rodríguez encontró que, en la Ciudad de México, las colillas de cigarros les sirven como repelente de ectoparásitos, tanto a los gorriones europeos como a los pinzones mexicanos (ver Incorporation of cigarette butts into nests reduces nest ectoparasite load in urban birds: new ingredients for an old recipe?). Esto no resulta tan sorprendente si recordamos que plantas como las de tabaco silvestre (Nicotiana spp.) producen una variedad de compuestos químicos que reducen el riesgo o la intensidad de la herbivoría. Sustancias como la nicotina protegen a las plantas del ataque de, por ejemplo, artrópodos que se alimentan de ellas. Pero las colillas no solamente tienen nicotina; se han cuantificado en ellas cientos de compuestos, muchos de los cuales son tóxicos. Algunos son producto de la combustión del tabaco y otros están presentes por haber sido añadidos a la planta durante su producción (insecticidas, herbicidas, etcétera) o durante su procesamiento industrial. En este estudio, publicado en el Journal of Evolutionary Biology, se confirmó que había menos ectoparásitos en los nidos con colillas de cigarro, probablemente debido a la presencia de nicotina, lo cual aumenta el éxito de la eclosión y el emplumado de los pollos, pero también genera daño genotóxico —intoxica a los glóbulos rojos de los pollitos y presumiblemente a otras células. Es decir, es mayor la posibilidad de que las aves tengan daños a nivel genético si utilizan muchas colillas de cigarros en sus nidos. Más adelante, en un estudio de colaboración entre Monserrat Suárez-Rodríguez, Regina D. Montero-Montoya y Constantino Macías, se encontró que ese daño no se circunscribe a los pollos, sino que también afecta a los padres, en función de cuánto se exponen a las colillas. Las hembras, por ejemplo, al incubar están más expuestas y sufren más daño que los machos. Por ahora ignoramos los efectos a largo plazo de la exposición a los compuestos tóxicos que quedan en las colillas usadas en la construcción del nido.

     En la medida en que las aves que habitan las ciudades se exponen a una mayor —y cambiante— variedad de sustancias tóxicas, contaminación atmosférica, contaminación lumínica nocturna —que afecta su balance hormonal— y ruido, se enfrentan a la necesidad de generar adaptaciones novedosas a una velocidad sin precedentes en su historia evolutiva. El haber superado hasta ahora los retos de la vida urbana no es evidencia de que lo lograrán en el futuro, como muestra el declive en Europa del gorrión europeo que nos ha acompañado por más de 10,000 años.

     Es nuestra obligación como ecólogos investigar cuales son los desafíos más importantes para las aves y el resto de la biota, y encontrar maneras de facilitarles la vida. La alternativa sigue siendo inaceptable, como Rachael Carson lo señaló claramente en su obra clásica, hace ya casi sesenta años: no debemos llegar a tener un planeta cubierto por vastas zonas urbanas habitadas por una colección de plantas y animales cada vez más pobre y homogeneizada, y caracterizadas por más, y más, y más ruido.

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