Por entrar a la sexta extinción

Desde hace varios años se habla de una sexta gran extinción. A diferencia de las cinco anteriores, que han sido identificadas por los paleontólogos en el registro fósil, la sexta estaría ocurriendo en estos mismos instantes. Los científicos que defienden la existencia de este fenómeno afirman que la tasa a la que se están extinguiendo las especies desde que existen los humanos es mucho mayor que la tasa de extinción previa. Entre el frecuente pesimismo de las noticias sobre conservación, la idea de una sexta extinción ha encontrado terreno fértil. Un botón como nuestra: el premio Pulitzer de no ficción de 2015 se entregó a la obra llamada, precisamente, La sexta extinción: una historia nada natural , de Elizabeth Kolbert. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿no estaremos frente una exageración de los medios? 

     Un estudio reciente, firmado por Gerardo Ceballos del Instituto de Ecología y otros colegas de México y Estados Unidos, afirma que no, que tristemente no se trata de una hipérbole. Algunos trabajos previos han calculado que las tasas modernas de extinción son alarmantes. En 2014, Stuart Pimm y otros colegas determinaron que las tasas modernas son mil veces mayores a las que existían antes de los humanos. Para calcular dichas tasas, usaron datos de la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y de otras fuentes. Para las tasas de extinción previas a los humanos (que, excluyendo aquellas de los cinco grandes eventos de extinción masiva, son llamadas “de fondo”), retomaron datos basados en el registro fósil y de diversificación basados en filogenias moleculares. La cifra que ofrecieron Pimm y sus colegas es tan inquietante que muchos medios dudaron en presentarla como un hecho. En su cobertura, el sitio en línea de la National Geographic prefirió titular la nota como pregunta más que como afirmación.

     Sin embargo, el estudio reciente de Ceballos y sus colaboradores confirma que sí hay razón para inquietarse. En su artículo, publicado en junio de 2015 en la revista Science Advances , ellos abordan la misma pregunta que los estudios previos, pero de una forma deliberadamente conservadora. Los cálculos de las tasas de extinción, tanto las modernas como las de fondo, pueden variar según los criterios que se tomen. Los autores del estudio restringieron lo más posible los criterios.

     Para empezar, limitaron su cálculo a los vertebrados, pues son el grupo de animales cuyo estado de conservación está mejor estudiado. Además, retomaron la tasa de extinción de fondo más conservadora publicada hasta ahora, que indica 1.8 especies extintas por cada 10,000 especies cada 100 años. Asumiendo el objetivo de su estudio, incluso redondearon la cifra a 2. Para calcular las tasas modernas, restringieron el cálculo a aquellas especies en la Lista Roja consideradas como “extintas”, “extintas en la naturaleza” y “posiblemente extintas”. E incluso ofrecieron un cálculo aún más conservador en el que sólo contaron a las especies “extintas”.

     Aun con todos estos ajustes conservadores en su recuento, Ceballos y sus colegas encontraron que las tasas modernas de extinción son de 8 a 100 veces mayores que las de fondo, dependiendo del grupo de vertebrados que se elija. Por presentarlo de otra manera, ofrecen el cálculo de que, si la tasa de 2 especies extintas por cada 10,000 cada 100 años siguiera en curso, “el número total de especies de vertebrados que se han extinguido en el último año se hubiera tardado entre 800 y 10,000 años en desaparecer.”

     Frente a estas cifras, es verdaderamente difícil seguir haciéndonos de la vista gorda. Como dice Elizabeth Kolbert en una entrevista para National Geographic , realmente la discusión no está en si lo que está ocurriéndole a la biodiversidad actual entra o no dentro de la categoría de “gran extinción”. “Realmente no queremos llegar al punto en el que podamos responder definitivamente esa pregunta”, comenta. Más bien, el centro de la discusión debería ser, a estas alturas, qué es lo que todavía se puede hacer. Ceballos y sus colegas afirman en su artículo que las medidas para evitar que esta sexta extinción llegue a su cenit involucrarán grandes e inmediatos esfuerzos para conservar a las especies que de por sí ya están amenazadas. Todo eso empieza por combatir las mayores presiones a sus poblaciones, entiéndase la pérdida de hábitat, la sobre-explotación y el cambio climático, todos productos de la acción humana. Y probablemente no sea necesario esperar más datos para actuar, pues, como bien señalan “la ventana de oportunidad se está cerrando con rapidez”.

Fuentes:

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