Cumbre del clima en Durban: “mucho ruido y pocas nueces”

Desde 1896 y gracias al químico sueco Svante Arrhenius sabemos el papel que tiene el bióxido de carbono (CO2) en mantener caliente la superficie de la Tierra, y más recientemente no hay dudas que su incremento en la atmósfera es el principal responsable del calentamiento global. Por ejemplo, se sabe que la concentración de CO2 en la atmósfera ha aumentado de 270 partes por millón (ppm), previamente a la revolución industrial, a 389.8 ppm en 2010, es decir, ha sufrido un incremento de 44%. La mayor parte de éste incremento ha ocurrido en los últimos 50 años, y continúa haciéndolo; por ejemplo, en el pasado mes de noviembre su concentración fue 0.4% mayor que la registrada durante el mismo mes en el año 2010. Por ello, en 1988 la ONU creó el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) con el fin de recopilar la evidencia científica de este cambio global. Cuatro años después se creó la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, con el fin de estabilizar las emisiones de gases con efecto invernadero en el año 2000 al nivel de 1990. En sus primeros informes, el IPCC reporta que "La evidencia sugiere una influencia humana discernible en el clima global". Ante las evidencias, en Kioto, en el año 1997 se firma el Protocolo de Kioto; en él los países desarrollados acuerdan reducir sus emisiones en 5% durante el período 2008-2012, respecto al año 1990. Sin embargo, el principal emisor en ese momento, Estados Unidos no ratifica el acuerdo. En 2001, el IPCC concluye que es "probable" que la actividad humana sea la principal causa del calentamiento reciente. Y seis años después, el Grupo da un paso más al sostener que es "inequívoco", y con un 90% de probabilidad, que el calentamiento se puede atribuir a la actividad humana.

     Sin embargo, mientras las evidencias y la certidumbre científica se incrementan, el compromiso político se debilita. En Copenhague, en el 2009, 192 países alcanzan un acuerdo no vinculante, con la finalidad de contener el calentamiento global en dos grados Celsius y, transferir a partir del año 2020 100,000 millones de dólares cada año para combatir el calentamiento. En Cancún, el año pasado, la Cumbre integra los compromisos de Copenhague, en el que los principales emisores se acuerdan limitar o reducir sus emisiones. Sin embargo, en ambas Cumbres no hay acuerdo sobre qué hacer cuando en 2012 expire el primer periodo del Protocolo de Kioto.

     La realidad es que en las últimas Cumbres, hay negociaciones en lo técnico pero desde Copenhague no tienen respaldo político, al menos de los principales países emisores (China, Estados Unidos e India; los dos primeros producen más de la mitad de las emisiones mundiales). Por otra parte, con la crisis económica y la necesidad de recortar el déficit, difícilmente alguien recordará el compromiso del apoyo financiero para combatir el calentamiento, fondos dirigidos a la investigación en energías alternativas. A ello hay que agregar, el abandono de varios países de la energía nuclear como alternativa, luego del accidente de Fukushima. El futuro inmediato dibuja un uso mayor de gas y de carbón a escala global. En este escenario, no es de extrañar que los bonos de carbono cotizan a la baja en el mercado mundial. En éste mal momento para combatir el calentamiento global ocurrió la 17ª Cumbre del Clima, en Durban, Sudáfrica.

     En Durban participaron representantes de 190 países. Como Estados Unidos nunca ratificó el Protocolo de Kioto, cuyo período expira en 2012, se trabajó en dos vías; una para la Convención de las Naciones Unidas contra el Cambio Climático, y otra para el protocolo de Kioto, una anomalía que demuestra las dificultades de alcanzar acuerdos globales. En el texto negociado por los participantes, los países “deciden lanzar un proceso para desarrollar un marco legal aplicable a todos bajo la Convención de las Naciones Unidas de Cambio Climático después de 2020”; el máximo esfuerzo que Estados Unidos y China estaban dispuestos a aceptar. Un esfuerzo más en el intento de lograr un acuerdo que implique a los principales emisores. Algo muy parecido a nada. Por ello, se entiende que Teresa Ribeiro, secretaria de Estado de Cambio Climático, haya sido muy crítica con el texto acordado.

     El problema es que, mientras los países negocian, el cambio climático se acentúa. En la cumbre de Durban no dejaron de presentarse informes sobre su gravedad. The Climate Action Tracker advirtió que con los actuales compromisos de reducción de emisiones, la temperatura subiría unos 3.5 grados. Otros informes, como el de la Agencia Internacional de la Energía , sostienen que de proseguir el ritmo de consumo actual los niveles de CO2 en la atmósfera podrían incrementar la temperatura media global entre 3.5 y seis grados. Valores muy superiores al objetivo de la ONU plasmado en los acuerdos internacionales “limitar el calentamiento global a los dos grados” Celsius, umbral a partir del cual se considera que el planeta padecerá un cambio climático irreversible. Es decir, sufrirá pérdidas graves de biodiversidad, problemas de adaptación para las especies y mayores riesgos de inundaciones en zonas densamente pobladas.

     En Durban se pretendía prorrogar el Protocolo de Kioto hasta 2020; el único acuerdo vinculante que existe al día de hoy. No se logró. Si para aprobar un acuerdo global el panorama es tan difícil, algunos se preguntan ¿cómo se llegarán a acuerdos respecto a quien recorta las emisiones? Pero la realidad es tozuda, y aunque tarde se impone como la tortuga de Esopo. Para ello, los países no pueden seguir basando su consumo en energías contaminantes y deberán adoptar políticas más agresivas para impulsar energías no contaminantes.

     En el Laboratorio de Biogeoquímica Terrestre y Clima del Instituto nos interesa entender lo que sucede en los ecosistemas terrestres, en este caso la capacidad que tienen bosques tropicales, como los de la Península de Yucatán, de capturar carbono atmosférico. Esto, en el marco de los estudios de la interacción entre la biósfera y la atmósfera, y en particular de la sensibilidad de los primeros a los cambios climáticos, dado su gran potencial para contribuir a mitigar el incremento de la temperatura global.

     El foco de nuestros estudios en estos bosques responde a que participan de manera desproporcionada en los ciclos de carbono y de nitrógeno. Específicamente, estos ecosistemas ocupan 12% de la superficie terrestre y fijan el 40% del carbono por parte de los biomas terrestres. Ellos también intercambian más nitrógeno con la atmósfera que cualquier otro bioma, participando con el 70% de la fijación de nitrógeno atmosférico y son responsables de aproximadamente la mitad de emisiones terrestres de óxido nitroso, otro importante gas con efecto invernadero pero que rara vez se menciona. Por ello, y ante el incremento en la deposición de nitrógeno desde la atmósfera que se viene registrando desde el pasado siglo, como consecuencia de actividades humanas, recientemente hemos comenzado a explorar la sensibilidad del ciclo del carbono en bosques tropicales ante la fertilización atmosférica de nitrógeno, y sus posibles interacciones con la variabilidad climática.

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